𝟐. 𝐌𝐀𝐑 𝐘 𝐀𝐂𝐄𝐈𝐓𝐔𝐍𝐀𝐒

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𓆩 𝐄𝐧𝐳𝐨 𓆪

Después de largos meses filmando "La sociedad de la nieve", semanas entre el estreno y algunas entrevistas he extrañado un montón Uruguay, nunca creí que estar lejos de casa sería tan difícil y por eso decidí venir, no sé cuánto tiempo estaré aquí pero haré que cada segundo valga la pena.

En todos los proyectos que he estado he ganado reconocimiento pero no de esta manera, las personas me piden fotografías cuando me ven en la calle y aunque son amables hay ocasiones que no respetan mi espacio.

En cuanto pisé Montevideo me dirigí a mi departamento, contemplé mi ciudad natal desde la ventana en el séptimo piso, no es la mejor vista pero no importa mucho pues conozco esta ciudad al derecho y al revés.

Estoy esperando que el sol termine su turno para salir a tomar aire, saco de mi maleta algunas prendas que me sirvan para ocultar mi identidad y después de hurgar un poco encuentro algo perfecto.

—Buenas noches —saludo al chófer del taxi que pedí hace unos minutos.

—Buenas, ¿a dónde lo llevo? —me está mirando por el retrovisor, tiene el ceño fruncido y sé el motivo, hace demasiado calor.

—¿Sabe de algún lugar no tan concurrido? —su entrecejo se frunce más.

—¿Qué quiere hacer? —detiene el auto.

—Quiero estar solo —me encojo de hombros.

—Sé de uno pero conozco más lugares en dónde puede divertirse, la soledad no es buena.

—Entonces lléveme allí.

—¿A dónde hay diversión? —levanta sus cejas largas y con canas.

—No, al otro.

Creo que el hombre tiene un poco de razón, la soledad no es buena pero es la única opción cuando sólo te buscan por ser quién eres, cuando en lugar de preguntar cómo estoy preguntan cuánto cuesta mi reloj o si la película me generó ingresos altos.

No es que quiera estar solo, simplemente no he encontrado a la persona que mire más allá de lo superficial.

—Gracias —le entrego al hombre un billete y cierro la puerta de su auto con cuidado.

Frente a mí está lo que parece ser un bar pero no es solitario, por las ventanas me he percatado de que hay demasiadas personas, en su mayoría hombres.

Después de analizar su comportamiento por algunos minutos, decido entrar, están borrachos y eso puede ser una ventaja para que no me reconozcan.

La campanilla suena, un hombre alto y robusto que está detrás de la barra me mira con desconfianza, a su lado hay dos chicas, una pelinegra y la otra castaña, con pasos largos llego a la barra y me siento en uno de los bancos que están frente a la castaña.

—Hola... ¿qué quieres beber? —sus manos están recargadas en la dura mesa de madera, las luces no son tan altas y me impiden reconocer el color de sus ojos pero la forma de ellos es hermosa.

—Ron.

—En un momento te lo doy.

El hombre que me miró cuando entré está junto a ella, intercambian algunas palabras pero por la música me es imposible escuchar.

Me entrega el trago y lo bebo despacio, mientras lo hago aprecio su rostro, es lindo, demasiado, agradezco tener estos lentes puestos pues la chica no puede percatarse de la manera en que la estoy observando.

Un hombre ebrio llegó a molestar y decidí ir al baño, al llegar me dí cuenta de que ni mis lentes ni la gorra estaban, mis aliados debieron caerse en el corto camino.

Suspiro en respuesta a la derrota, si salgo así, todos se darán cuenta de quién soy.

—Oye... dejaste tus lentes y gorra allá afuera, bueno más bien se te cayeron, ¿estás bien? —

—Por eso no vengo a lugares como estos —estoy intentando ser grosero para que salga de aquí.

—Tengo que regresar, toma.

Se acerca, sus cejas se levantan en cuanto su mirada se posa en mi rostro, sabe quién soy.

—Tú... tú eres el de la película, Enzo... —

—Vogrincic.

Agacho la cabeza esperando que entre en un ataque de emoción, me abrace y me pida una foto pero hace todo lo contrario, sólo da media vuelta.

—No le digas a nadie, por favor —sujeto su mano con cuidado, me mira directo a los ojos y ahora he averiguado de que color son, azules como el mar pero en el centro hay un ligero toque de verde, como las aceitunas. —Solo quise venir a tomar un trago en paz, escapar de la realidad un poco, pero tu amigo no me dejó disfrutar por mucho tiempo —he logrado sacarle una sonrisa.

Después de algunos chistes sale del baño, me coloco nuevamente los lentes y la gorra y por segunda ocasión me siento frente a ella.

Pido un par de tragos más y compartimos algunas sonrisas, me gusta como se sonroja y pone de pretexto la temperatura al lanzarse aire con su mano, es gracioso porque el único que se está muriendo de calor soy yo.

Decido pagar la cuenta y salgo de ahí sin decir nada, de mi parte solo le he dejado un billete y una gran sonrisa, frente a mí va pasando un taxi, puedo tomarlo y pedirle que me lleve a casa pero algo me detiene, no sé que es pero decido recargarme en un teléfono viejo.

Mientras las personas van abandonando el lugar saco mi cajetilla de cigarros y fumo uno y luego otro, y luego otro, así hasta que escucho la campanilla y al fijarme de quién se trata, la veo a ella.

—Hey —susurro para no asustarla pero pasa todo lo contrario, se detiene y lentamente gira hacía mí.

—¿Qué haces aquí? —se acerca pero no lo suficiente, no tanto como hace unas horas.

—Te esperé para agradecerte.

Me explica que no debí hacerlo porque lo entendía, reí cuando me llamo el hombre misterioso y ella lo hizo igual.

—En agradecimiento... ¿puedo llevarte a casa? —sus mejillas otra vez están rojas y sin responderme comenzamos a caminar.

Aquel hombre me trajo al lugar que no le pedí, quizás por ese retrovisor y con esa mirada juzgona se dió cuenta de lo que necesitaba.

Alguien que me vea como lo que soy, una persona común y corriente.


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𝐄𝐍𝐙𝐎 𝐕𝐎𝐆𝐑𝐈𝐍𝐂𝐈𝐂 - 𝐔𝐍𝐍𝐎𝐓𝐈𝐂𝐄𝐃 𝐄𝐒𝐒𝐄𝐍𝐂𝐄Donde viven las historias. Descúbrelo ahora