Capítulo 12: La ciudad que nunca duerme y que jamás deja de soñar.

69 10 10
                                    



Sabía que con el portazo conseguiría cabrear aún más a mis padres, pero lo mejor de todo era que no me importaba. En ese instante, la resaca era cosa del pasado, y un dolor lacerante se había instalado en mi corazón. Me sentía como la primera vez que me había probado un vestido para desfilar, y había descubierto que no me servía: los ayudantes gilipollas de Marc Jacobs me habían tomado mal las medidas, y ahora no podía llevar esa belleza negra y blanca que tanto me había gustado y por la que tanto me había peleado. Repartí gritos e improperios entre bambalinas mientras las demás modelos me observaban, sin comprender qué pasaba, o cómo había podido nadie cometer un error tan garrafal, especialmente teniendo en cuenta que mis medidas estaban en Internet.

No podía dejar de llorar mientras correteaba por los alrededores en busca de una modista de emergencia que pudiera arreglar ese estropicio, y la verdad es que no la encontré. El mismísimo Marc, entrado en años y con sus eternas gafas de sol y el cigarrillo en una mano fue el encargado de detenerme y abofetearme para que mi ataque de ansiedad no terminara con todo Manhattan.

-Niña, te puedo garantizar que no vas a llevar ese vestido hoy, pero como no te tranquilices, será la última vez que trabajes para mí.

Conseguí calmarme, o, por lo menos, secar mis ojos, lo que en el mundo de la moda venía a ser lo mismo. No importaba cuán jodido estuvieras por dentro: si sonreías y estabas haciendo bien tu trabajo, bien podías estar hasta el culo de la droga más potente que hubieras logrado encontrar, o llevar en tu interior una depresión de caballo, de esas que hacen que los patéticos salten de las azoteas de los edificios de sus padres.

Algo así, multiplicado por mil, sentía en el momento en que me tiré en la cama. Ni siquiera me sobresaltó el sonido de un golpe seco y cristales rompiéndose. No sería hasta más tarde cuando me daría cuenta de que me había cargado uno de los cuadros del pasillo, aquellas obras de arte que mis padres rescataban en las subastas por cantidades ingentes de dinero. ¿Quién coño daba un millón de dólares por un lienzo con una puñetera línea pintada? Podría forrarme en Nueva York a base de vender mis dibujos de cuando tenía seis años.

Y ahora me iban a llevar lejos de mi ciudad, lejos de todo, para castigarme por las cosas que había hecho. Cosas que las chicas de mi edad hacían constantemente y cuyas culpables campaban a sus anchas con zapatos de Louboutin y bolsos de Miu Miu, embutidas en diseños de mi madre mientras esperaban a que las becarias de turno de la tienda de tal esquina les encontraran el vestido perfecto para la fiesta del sábado siguiente. Ojalá mi castigo fuera llevar unos Louboutin de diseño horrible durante una semana a todas partes. De verdad que lo acataría con resignación y no me quejaría.

Bueno, casi.

Escuché pasos detrás de mí, más allá de la puerta, en lo que decidí considerar el "mundo exterior y en calma" dentro de mi burbuja de infierno sin llamas. A través de mis sollozos logré entrever una respiración entrecortada, y mi yo más cínico sólo pudo sonreír en mi interior ante la expectativa de una nueva pelea.

El pomo de la puerta comenzó a girarse, y yo me retorcí para observarlo con furia. Si tuviera superpoderes, lo habría derretido, y luego habría hecho estallar media Nueva York con sólo el poder de mi mente. Pero, por suerte para la mejor ciudad del mundo, aquello no hizo falta. Unos susurros al otro lado de la barrera del mundo exterior y en calma hicieron que el movimiento fantasma del pomo de la puerta se detuviera. Un suspiro después, volvió a su posición original, y no se movió más del sitio.

Chasing the stars [#1]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora