Capítulo 29

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Escuché como se le caía el teléfono al suelo al ser consciente de quién era la persona que la estaba llamando: la había llamado su hija. Oí como maldecía por lo bajo cuando se le calló el móvil. Si soy sincera, creo que la he llamado porque pensaba que no lo iba a coger. ¿Quién contesta a un número que no tiene guardado en sus contactos? Yo, por ejemplo, no lo hubiera cogido.

Mientras tanto, Oliver no me quita los ojos de encima, está atento a mis reacciones, a mis movimientos. Al ver lo nerviosa que estaba me cogió de la mano que tenía libre y me dio un leve apretón. Con aquel simple gesto consiguió que me relajara un poco, aunque no lo suficiente. Se dio cuenta de ello y empezó a acariciarme los nudillos con las yemas de sus dedos muy lentamente, aquello sí que me relajó.

—¿Allison? ¿Eres tú?— por su tono de voz parecía que no se creyera que la estaba llamando su hija. —¿Esto es algún tipo de broma telefónica? Si ese es el caso, no tiene ninguna gracia.

—No mamá. Soy yo, Allison. Tu hija.

La hija que abandonaste cuando todavía no era capaz de vivir sin su madre. Toda la rabia y los otros sentimientos acumulados de todos estos últimos años estaban saliendo a flote. No sabía que había estado reteniendo todos aquellos pensamientos. De repente me vino a la memoria un recuerdo. Tendría seis o siete años, no me acuerdo muy bien de la edad. El caso es que volvía a casa del colegio y le pregunté a mi padre por qué mi madre no venía a recogerme del colegio como lo hacían las madres de los demás niños. Mi padre nunca sabía que contestarme pero sé que se esforzaba para ocupar también el lugar de mi madre. Los días pasaban y yo seguía sin saber de ella, lo peor era que los niños también me preguntaban por mi madre, incluso los profesores. Muchas veces había vuelto a casa llorando por culpa de mis compañeros de clase, por suerte, las madres de Sarah e Isaak han llegado a cuidarme como si fuera su propia hija. Siempre les estaré agradecida. Ellas fueron las encargadas de solucionar las cosas en el colegio, hablaron con los profesores y con los padres de los niños, aquello hizo que las preguntas constantes por mi madre cesaran.

Oliver me miraba con preocupación de nuevo, entonces fui consciente de que estaba llorando. Me limpié las lágrimas y dejé de pensar en aquella época. Ahora ya tenía la oportunidad de hablar con mi madre y preguntarle por qué se había ido.

—Lo siento— tartamudeaba. —Ahora no puedo hablar. Ya te llamaré— colgó el teléfono a los pocos segundos de decirme aquello, sin darme la oportunidad de decirle nada más.

No me lo podía creer. Miré atónita el teléfono. Tanto lío con mi padre para esto. Sinceramente, para nada. ¿No tenía que decirme algo muy importante? ¿Qué ha pasado con eso? ¿Y qué pasa con mis preguntas que necesitan ser contestadas? ¿Cuándo iba a llamarme? Esas eran algunas de las muchas preguntas que me rondaban por la cabeza en estos momentos.

Volví a marcar su número pero esta vez no descolgó. A lo mejor mi padre tenía razón y lo mejor habría sido no ponerse en contacto con ella. La culpa, de todas formas, seguía siendo mía. Siempre es mía. Pensé que cuando la llamara cogería el teléfono y nos pondríamos a hablar como una madre y una hija normales. También pensé que preguntaría por cómo me iba la vida, los estudios y que me pediría perdón por haberme abandonado. Jamás se me habría pasado por la cabeza que mi madre no iba a querer hablar conmigo. ¡Si era ella la que se quería ponerse en contacto conmigo! Joder, que desastre. Tiré el teléfono encima de la cama.

—¿Qué te pasa?— me preguntó Oliver. Se le veía preocupado. He perdido la cuenta de cuantas veces me ha mirado con esa expresión. Seguro que piensa que hubiera sido mejor no salir conmigo para no tener que hacer frente a mis problemas, que no son pocos. —¿Qué te ha dicho?

—Me ha dicho que lo siente mucho pero que ahora no puede hablar conmigo, que ya me llamará—me pasé las manos por el pelo de forma histérica. Aquello era superior a mí.

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