Capítulo 30

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Oliver fue corriendo a cambiarse mientras yo iba a abrir la puerta. Lo que había pasado con Oliver minutos antes me había hecho olvidar que mi relación con Simón no estaba para tirar cohetes en estos momentos. De todas formas, yo ya me encontraba abriendo la puerta. Cuando la abro, Isaak y Simón se estaban besando, pero al verme se separaron. Simón parecía un poco avergonzado. Debía decirle que ya no me importaba que saliera con Isaak, me daba igual. Si él era feliz, yo también. Estaba apunto de decírselo pero Isaak habló primero.

—Allison, ¿te encuentras bien?— asentí, aunque algo confundida por aquella pregunta.

Entramos los tres dentro de la nueva casa de Oliver. Ellos ya la conocían, por como se movían de un lado a otro se notaba a kilómetros que aquella no era la primera vez que habían estado allí. Simón fue a la cocina a dejar el vino que había traído en la nevera. Isaak y yo fuimos detrás de él. Cuando entré quería que la tierra me tragara. Simón e Isaak me miraban sonrientes yo, sin embargo, no podía apartar la vista del suelo. Allí en medio se encontraban mis pantalones y todo lo que Oliver había tirado al suelo para subirme en la encimera. Me agaché para recogerlo todo y poner las cosas en su sitio. Fue entonces cuando comprendí la pregunta de Isaak. Llevaba el pelo revuelto, todavía estaba sonrojada y solo llevaba encima la camiseta de Oliver. Me moría de la vergüenza, y Oliver estaba tardando un montón en bajar.

—Si hemos interrumpido algo...— dijo Simón.

—No, no. Tranquilos. No es lo que parece. Lo juro— ¿Les daba explicaciones? No sabía que podía decirles. Estaba asimilando aquello todavía.

—No te preocupes, a nosotros también nos ha pasado algunas veces. Es el calentón del momento, no se puede controlar— se miraron con miradas cómplices. —Ves a cambiarte con Oliver, os esperamos— me dijo Isaak.

—Esto... No sé qué decir. Gracias supongo— les miré. —Ir llamando a la pizzería mientras nos cambiamos— salí de allí lo más rápido que pude aún más roja que antes.

Ya dentro de la habitación pude respirar con tranquilidad. Oliver estaba sentado en la cama atándose los zapatos con toda la calma del mundo. Me quedé mirándolo, y sin pensármelo dos veces le lancé mis pantalones que había recogido del suelo de la cocina.

—¿Cómo se te ocurre subir sin recoger el estropicio de la cocina?— cogió los pantalones al vuelo, no había contado con aquello. —Y también podrías haberme avisado de mis pintas antes de abrir la puerta, ¿sabes?

Si Oliver no me conociera ya, por mi expresión, debía pensar que estaba enfadada con él. Pero él sabía que me estaba tomando aquello con cierto humor. Y es verdad. Allí arriba, sin Simón e Isaak, la situación era bastante graciosa, por no decir cómica. Simón e Isaak nos habían pillado con las manos en la masa. Aquella ocurrencia me hizo reír. Oliver sonrió al verme. Sonrió de aquella forma que solo él sabía, marcando hoyuelos, haciendo que algo dentro de mí se removiera de felicidad.

—Quería avisarte de que te arreglaras el pelo un poco, por lo menos antes de abrir la puerta— me coloqué enfrente de él e intenté peinarle el pelo revuelto con mis manos. —Pero cuando iba a hacerlo ya te habías ido. Y lo mismo me ha pasado al recoger la cocina. Cuando me he dado cuenta ya estaban entrando en casa y me ha tocado dejarlo todo allí y salir corriendo— me levantó un poco la camiseta para darme un beso en el vientre.

Aquel gesto hizo que me apartara de él. No podía dejar que volviera a repetirse el numerito de la cocina. Si Simón e Isaak no estuvieran abajo la situación sería diferente, pero están. Cogí unos pantalones y una camiseta cualquiera. Me vestí enseguida, no quería hacer esperar a nuestros invitados. Podía notar como Oliver no me quitaba los ojos de encima mientras me vestía. Luego, me puse las zapatillas y fui al cuarto de baño para hacerme una coleta.

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