Capítulo 3

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—¿Pero que cojones estás haciendo aquí?—le dije a Oliver al abrir la puerta y encontrármelo allí.

Le miro de arriba abajo. Llevaba puesto un pijama con gorros, parches y espadas de piratas. Creo que ese se lo compró mi padre unas navidades. Por lo menos vamos los dos en pijama y esta situación ya no es tan vergonzosa. En las manos llevaba una taza de chocolate caliente y un libro.

—La luz de tu ventana seguía encendida, así que he pensado que no te las estabas apañando tan bien tú sola— se queda mirándome. —Bonito pijama— sonríe haciendo que se le marquen los hoyuelos.

—Lo mismo digo— en este preciso momento no puedo pensar con claridad.

No sé si dejarle pasar o decirle que se vaya a su casa, pero antes de haberme decidido ya está entrando por la puerta y subiendo, supongo que a mi habitación. Cierro la puerta y voy detrás de él, intentando deducir que es lo que piensa hacer.

Como suponía, se dirige a mi habitación y cuando entra se sienta en la cama. Entro después de él y dejo la puerta abierta. Sé que no hay nadie pero así me siento más segura, por si tengo que salir corriendo. Me siento en la silla del escritorio, cuanto más lejos de él mejor. Se levanta de la cama, se acerca a mí. Me da la taza de chocolate caliente y se vuelve a sentar. Bebo un sorbo, estaba bastante bueno.

No estaba entendiendo nada. Tenía claras cuáles eran sus intenciones desde el principio, pero ahora... ahora no se que está pasando. No sé que pretende hacer. Ahora mismo no sabía ni donde mirar así que miro la taza, no quería encontrarme con sus ojos verdes mirándome fijamente.

—Te he traído el Principito. Me acuerdo que mi madre te lo leía cuando eras pequeña—levanto la cabeza y le miro perpleja. No me puedo creer que se acuerde de eso, ni yo misma me acordaba. —Así que te lo voy a leer—me mira esperando ver la reacción que estas últimas palabras causan en mí. Sinceramente, no pensaba que sus intenciones fueran leerme un libro, pensaba que eran otras.

—Bueno, ya hace mucho tiempo de eso, no sé si ahora funcionará—me termino el chocolate y dejo la taza en la mesa. Le miro esperando que decida irse a su casa, pero no. Se queda. —Ahora he crecido.

—No te digo yo lo contrario, pero vamos a ver si todavía funciona—da palmaditas en la cama para que me siente a su lado. Me levanto y me siento pero con bastantes centímetros de separación.

—Empezaré leyéndote las frases que más me gustan. Son importantes para mí y me cambiaron la forma que tenía de pensar. Espero que te gusten— asiento y se pone a buscar. —Esta es una de mis favoritas: "Es mucho más difícil juzgarse a sí mismo que juzgar a los demás. Si logras juzgarte bien a ti mismo eres un verdadero sabio."— No me lo podía creer, me estaba quedando dormida pero justamente ahora no me podía dormir.

—Esta también es una de mis favoritas: "Solo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible a los ojos."—Apoyo la cabeza en su hombro y noto como sonríe. Me está leyendo con esa voz ronca de cansancio pero a la vez tan perfecta... no podía ser más feliz. Pero aún así, no tendría que haberlo dejado pasar, no tengo que confiarme, para él esto solo es un juego. ¿Debería empezar a jugar yo también? No, todavía no.

—Y esta es la que más me gusta: "El sólo hecho de que nos hayamos conocido, me hace muy feliz, al menos a mí. Y estaré feliz el tiempo que tenga el placer de tu compañía, así sean diez minutos, dos años, o treinta años."— No había llegado ha escuchar esta última, ya me había quedado dormida.

[...]

Me despierto a las diez de la mañana dentro de la cama y tapada, pego un vistazo rápido a la habitación y ni rastro de él, se había ido.

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