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-Capítulo 15: "El dolor no es opcional"-

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Fran entró a su casa y cerró la puerta intentando no hacer ruido.

Era domingo a las siete de la tarde y acababa de regresar del parque.

Había ido solo, al igual que siempre.

Necesitaba pensar sobre lo sucedido en la fiesta y la constante presencia de su madre no se lo permitía. Tras el sábado de encierro que había sufrido, que saliese de su cuarto había resultado casi un milagro.

Unos gritos lo sacaron de sus pensamientos.

En puntas de pie atravesó el living y observó la escena que se desarrollaba en la cocina: su hermanito sentado en un lateral de la mesa con un vaso de leche, mientras que sus padres, uno en cada cabecera, se gritaban sin medir sus palabras.

— ¿Mamá? ¿Papá? —susurró, ganándose una mirada de Nico.

Lo que contenían sus ojos lo sorprendió y lo dejó totalmente paralizado: sufrimiento y lágrimas contenidas.

¿Es que esa gente no se preocupaba por su pequeño hijo? O por el mayor incluso.

— ¡Basta! —gritó ahora —. Ven, Nico. Vamos a tu cuarto —tranquilizó su tono al hablarle a su hermano.

El niño lo obedeció de inmediato y, al llegar hasta él, lo abrazó.

Ambos mayores observaron a sus primogénitos.

Tomándolo suavemente por los hombros, el chico lo guió escaleras arriba. Al llegar, lo sentó en el borde de la cama y se arrodilló frente a él para quedar a su altura.

—Em, yo...— tartamudeó —. Nico, nuestros padres, ellos...

El niño le quitó la palabra de la boca.

—Se van a divorciar, ¿cierto?

Las lágrimas ya se deslizaban por sus mejillas regordetas.

—No pienses eso.

—Y tú no me mientas.

El silencio se instauró entre ellos durante unos segundos.

—Si eso sucediera, no nos afectaría. Sólo serían unos pocos cambios. Dile a tu inteligente cabeza que deje de maquinar esas ideas.

Una risa se escapó de los labios del pequeño.

— ¿Fran? —dijo luego de unos minutos.

— ¿Sí?

— ¿Podemos ver una película?

La inocencia en la voz de su hermano lo conmovió.

—Claro. Elige cuál mientras yo hago pochoclos —le revolvió el cabello para disponerse a salir de la pieza.

Un suspiro se escapó de sus labios en cuanto la puerta estuvo nuevamente apoyada contra el marco.

Comenzó a caminar hacia la cocina. Le sorprendió que, a cada paso que daba, su enojo aumentaba.

De repente, al subir la vista, se topó con la de su padre, que se encontraba en el mismo peldaño que él.

Los dos se clavaron los ojos.

—Franco, creo que deberías aprender a no escuchar conversaciones privadas.

—No cuentan como privadas cuando estás gritando en la cocina con tu hijo de siete años presente —farfulló.

—No te metas en los asuntos que no te incumben, hijo —dijo con un tono burlista.

— ¿O qué? ¿Me pegarás?

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