-Capítulo 9: "Sólo corre"-

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Fran caminaba lentamente hasta su casa. Luego de la discusión y todo el drama de Lara y Felipe habían acordado ir cada uno por su lado, para evitar que los problemas siguiesen surgiendo.

El chico había ido hasta un parque y se había sentado en una hamaca, admirando al otoño que se aproximaba hasta que recayó en la hora y retomó su camino.

Sonrió de nuevo al pensar en eso: otoño, su estación favorita del año.

Se detuvo un segundo y observó a su alrededor.

Ya estaba en la calle de su hogar.

¿Por qué el trayecto le había parecido tan corto?

Tal vez era la primera vez que venía pendiente de otras cosas que no fueran su mente.

Al pararse frente a la imponente puerta blanca, una repentina sensación lo invadió: no quería entrar.

Quería quedarse en su mundo, en el de sus amigos. En aquel lugar donde sólo era Fran y nadie esperaba nada de él. Deseaba retroceder el reloj hasta esa mañana temprano; a las risas y bromas.

Pero este avanzaba inequívoco y no se compadecía de nadie.

Y mucho menos de Fran.

Tras lanzar un suspiro, concluyó que no podría quedarse afuera eternamente, por lo que ingresó a su vivienda.

No veía la hora de que fuese el día siguiente, para que su corazón no doliese como lo hacía en esas cuatro paredes en las que no encontraba consuelo; para volver a ver a la chica que le había devuelto la vida.

No le importaba que ella no se acordase del beso que se habían dado, porque él tenía memoria para ambos.

O eso deseaba.

¿Saben? Los deseos son engañosos: parecen otorgarnos todo lo que queremos sin pedir nada a cambio, sin embargo, no es así. Nos dan esperanzas, ilusión, sueños... Y les pagamos con la tristeza, la desilusión y el insomnio que nos da cuando no obtenemos aquello que anhelábamos.

Fran sabía mucho sobre eso.

Pero aprendería aún más.

***

—Es hora de cenar —gritó su padre desde la planta baja.

El chico intentaba evitar el momento en el que sus padres le preguntasen cómo iba en la escuela, porque indudablemente tendría que contarles sobre su castigo.

Franco sabía mentir. Lo que si no sabía era falsificar firmas.

Porque sí: debía llevar una nota firmada por sus tutores, demostrando que estaban notificados del mal comportamiento del joven durante la clase de literatura.

Inhaló y exhaló antes de juntar la suficiente valentía como para colocar la mano sobre el pomo de la puerta.

—Estoy bajando —exclamó, esperando que le dijesen que la cena se había quemado o que, repentinamente, la dorada araña del living se había caído y no podrían comer todos juntos.

Se quedó parado unos segundos bajo el umbral de su puerta, y solo cuando verificó que ninguna de sus esperanzas tenía fundamentos, comenzó a caminar.

—Ten cariño —escuchó como su madre le hablaba a su hermano pequeño.

—Buenas noches —dijo Fran apenas se sentó.

—Hola —sonrió Nicolás, de tan sólo siete años.

El adolescente esbozó una mueca, similar a una sonrisa. No podía dejar de pensar en lo que dirían sus padres sobre su detención.

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