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-Capítulo 16: "¡Cancún!"-

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— ¿Crees que ésta remera me queda bien? —le dijo Alma a Lar.

—Sí —bufó —. Pienso lo mismo de las otras diez.

Alma sonrió frente al espejo.

—A mí también me gusta —hizo una pausa —. ¿Crees que a él le gustará?

—Lo que sea que te pongas lo dejará contento. Es un chico —explicó.

—Bien

— ¿Puedes contestarme algo?

—Obvio.

—De verdad te gusta, ¿cierto?

La chica que acababa de dejar la prenda sobre la cama se mordió el labio inferior.

—Es una sensación extraña, a decir verdad. Pero estoy un noventa por ciento segura de que me gusta.

Lara asintió en conformidad.

— ¿Puedo hacerte otra?

Alma rodó los ojos. De igual manera asintió.

— ¿Quién en su sano juicio hace la valija la mañana del viaje? —le arrojó un peluche que tenía a su alcance.

—Yo.

***

— ¿Llevas shampoo?

Fran asintió.

— ¿Cargador? ¿Cepillo de dientes? ¿Tienes crédito? ¿La maleta está lista?

El chico contestó de forma afirmativa todas las preguntas.

—Sí, mamá. No debes preocuparte por nada, ¿okey?

—Eres mi bebé, claro que me preocupo —la señora Sárter le apretó ambas mejillas.

— ¡Mamá! —Franco estiró la palabra en forma de queja.

—Bueno, ya es hora. Voy a acompañarte hasta el aeropuerto.

—Puedo ir en autobús hasta allí.

—De ninguna manera. Voy a despedirte yo misma.

La mueca de horror de Fran la hizo reír.

—Prometo no avergonzarte frente a tus amigos, deja el drama.

— ¿Puedo ir yo? —preguntó Nico tímidamente.

—Claro, enano.

—No. Nicolás creo que lo mejor es que te quedes aquí —gruñó el señor Sárter, entrando a la sala con una taza de café en su mano.

Antes de que su madre abriese la boca, Franco dio un paso al frente, de modo que su hermano quedó tras su espalda.

—Y yo pienso diferente. Una pena —sonrió.

Era una sonrisa lobuna, que atemorizaba en algún punto. Esa de felicidad fingida y sarcástica que nunca toca los ojos.

— ¿Nos vamos?

Sin esperar respuesta, tomó su bolso del suelo y afirmó su mochila al hombro, para luego comenzar a caminar hasta la puerta.

— ¿Ves? Esto es lo que has conseguido, Clara —susurró el padre de los chicos.

Fran apretó las manos, haciéndolas puños e hizo amague de voltearse.

Una cálida mano se posó sobre su hombro.

—Subamos al auto, niños. No queremos que Fran pierda el avión.

La mirada de su progenitora era de absoluta tristeza.

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