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-Capítulo 14: "El arte de saber divertirse"-

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— ¡Adiós, ma! —saludó Julia bajándose del auto.

La bocina de la camioneta resonó por la calle vacía. Había estacionado tres cuadras atrás para evitar que Lara comenzase a quejarse prematuramente.

Ju le había dicho a su madre que irían a una fiesta tranquila en la casa de una nueva amiga, así qué había sido sencillo que sediese.

—Bueno. Caminemos —exclamó Al.­

— ¿Qué? —la cara de Lar era de completo horror —. ¿Pretendes que camine con estos tacones? ¿No era más sencillo que aparcásemos frente a la casa?

—No, porque mi mamá se daría cuenta —habló el pulmón del grupo.

Las quejas no dejaron de ser emitidas por la chica cuyos cabellos eran rubios hasta que se encontraron a cien metros de su destino.

—Oigan —frenó en seco —; ¿soy yo o ya estuvimos por este lugar antes? Las casas se me hacen conocidas.

Alma y Julia intercambiaron una mirada.

—Creo que es tu imaginación —la que llevaba el vestido negro, la agarró del brazo.

Su amiga lo tomó como un gesto de apoyo, aunque en realidad era que Al temía que se escapase.

O peor: que comenzase a golpearlas.

Lo inevitable llegó cuando Lara cayó finalmente en que, el supuesto sitio, era la casa de los Lécaris.

— ¡Me engañaron! —chilló.

—Vamos, Lar. No seas dramática —habló Ju, que ya estaba preparada para la escena.

—Saben que no puedo ver a Felipe y, sin embargo, me trajeron aquí.

— ¡Hay una posibilidad de dos millones que te lo encuentres! Mira, la casa está atestada de gente.

El sonido del celular de Alma interrumpió el berrinche.

— ¿Aló?

—Hola —susurró Fran desde el otro lado de la línea.

— ¡Ey!, ¡Fran! Pensé que no responderías. ¿Vendrás?

Las cejas de las acompañantes de la chica se elevaron repentinamente.

—Sí, lamento que hable bajo pero mi padre está trabajando en su estudio y no quiero molestarlo.

—No te preocupes. Te espero, ¿de acuerdo?

Del otro lado de la ciudad, Franco guardaba su celular en su bolsillo. Llevaba unas zapatillas azules junto con un jean y una camisa a cuadros rojos y blancos.

— ¡Diablos! —farfulló cuando una rama le raspó la cara.

Posiblemente le hubiese mentido a Alma sobre las causas de sus murmullos ya que, en ese momento, estaba tratando de escaparse por la ventana de su cuarto.

¿Fran Sárter intentando salir a hurtadillas de su casa? Se preguntarán ustedes.

Pues sí, el mismo.

Lo que se hace por amor, ¿cierto?

—Tú puedes, Fran —se alentaba.

Vamos.

Derecha.

Derecha.

Cuidado con esa rama...

Bueno, no importa. Cicatrices ya tienes muchas.

Salta.

Eres una ardilla, Fran.

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