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-Capítulo 31: "Hogar,agrio hogar"-

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Un mes y quince días...

Un mes y quince días han pasado desde que Fran está en el hospital, en una blanca y solitaria habitación.

Su humor ha estado decaído por el hecho de que sus amigos no han regresado.

¿Sus amigos? Alma, más específicamente.

La excusa que le habían puesto era: "están en exámenes". Pero él no se la tragaba ni por un minuto.

Sentimentalmente hablando, Fran ya puede caminar dos pasillos sin que nadie le pregunte si se siente mal, o solo –pregunta a la que ha desarrollado una especie de respuesta automática: "No"–.

A pesar de todo, se siente listo para retomar su vida –o lo que queda de ella– y apostar por un nuevo comienzo. Tal vez es el hecho de que ha tenido a unos cinco doctores y diez enfermeras a su alrededor y está harto del hospital. Aunque, la verdadera razón, es que no ve la hora de regresar a ser un chico normal del montón.

Chico normal. Lo saborea en su mente. Luego de unos minutos da por perdida la batalla de intentar que esa frase suene bien y suelta una carcajada.

Se recuesta y tira su pelota de tenis al aire. Por cuestiones de gravedad, esta vuelve a bajar por lo que él la sostiene.

Al menos le dejan conservar alguna de sus costumbres.

No puede ir a la escuela.

No puede escribir.

No puede mirar televisión.

¿Por qué? — le había preguntado a su madre la primera vez que le negaron todo.

Es por tu bien. No queremos que sufras ningún tipo de desequilibrio emocional —había sido la respuesta.

"Es por tu bien"; "desequilibrio emocional"; "soledad"; eran palabras que se había acostumbrado a escuchar seguido, rebotando entre los muros e ingresando a su cabeza.

También estaban introducidas sigilosamente en las conversaciones entre su mamá y el doctor, los cuales creían que él no era capaz de entender de lo que hablaban.

Ja.

Entiendo más de lo que ustedes creen, Ma.

Y así era.

— ¿Se puede? —dice una voz femenina.

La terapeuta, seguramente.

—Sí —susurra Fran.

Una alta mujer con el cabello castaño cortado prolijamente a los hombros, se acerca. Trae una carpeta color azul que tiene su nombre impreso en la portada.

Al menos agradecía que hubiesen tenido el detalle de poner sus datos dentro de un folio de su color favorito.

Rió sin gracia apenas el pensamiento cruzó su cerebro, causando una mirada curiosa por parte de la visitante.

Sin embargo, ella lo dejó estar.

—Bien, Franco, has tenido un gran progreso durante el tiempo que has pasado aquí. Es mi obligación hacerte dos preguntas antes de darte el alta —se bajó los anteojos hasta que estos quedaron ubicados en la punta de su nariz.

La mirada de la mujer era intimidante.

— ¿Sigues queriendo abandonar esta vida?

Sí.

No.

Ella sonrió.

—Y, ¿has logrado poner tus sentimientos en orden?

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