-Capítulo 22: "El Retorno"-

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Una apretada venda rodeaba los nudillos de la mano derecha de Fran. Él no lo había querido así, no obstante, el doctor que lo revisó insistió.

Se encontraba solo, sentado en el sector para profesores.

"Hay que mantenerlo vigilado" habían dicho, como si él fuera un animal.

Y en algún punto lo era.

Todos sus amigos rondaban alrededor de Marcos, preguntándole cómo se sentía y si necesitaba algo. En especial Alma.

Claro que, un ojo morado y un labio partido no pasaban muy desapercibidos.

Fran estaba orgulloso a pesar de todo. Por una vez en su vida había sido capaz de defenderse sin ayuda de nadie, y eso le otorgaba una sensación muy agradable, la cual, por supuesto, no duró mucho.

El recuerdo del relato de Al se coló en su mente. Ella no lo quería, y no existía forma de cambiar eso.

No quería aceptarlo, pero en el fondo lo sabía: Alma Lécaris no era suya.


***


— ¡Franco!, ¿estás bien? —Lara corrió violentamente la cortina que separaba las dos áreas del avión.

— ¡Señorita Peruti! —la reprimió el director —. No puede estar aquí.

—Por favor —gruñó esta —, solo quiero ver a mi amigo, el cual está lastimado por si no recuerda. Déjelo ir con nosotros, no arruine lo que queda de su viaje —prácticamente suplicó, cambiando su actitud a la defensiva.

—Lar, déjalo —susurró el chico.

—Escuche al señor Sárter. Este es el castigo que se merece por golpear a uno de sus compañeros sin un motivo aparente.

Una carcajada masculina invadió el lugar.

— ¿Le parece gracioso haber dejado malherido a un compañero? —intervino ahora Gregorio.

Fran se encogió de hombros.

—Está bien —cedió la rubia —. Yo voy a acompañarlo.

—Como quiera.

Cuando la chica ya se encontraba sentada a su lado, el ojiazul la regañó.

—No puedes dejar tu diversión por mí. Felipe debe estar esperándote.

— ¡Felipe duerme como marmota! Ni siquiera sabe que me fui —rió —Aparte no quiero estar al lado del señor "casi me muero por culpa de Fran"—hizo comillas imaginarias con los dedos.

—Gracias — sonrió lo más sinceramente que pudo —. De verdad lo aprecio.

—Lo sé —ella le devolvió la mueca —. Ahora, te cuento que traje cartas — sacó una pequeña caja del bolsillo de su campera —. ¿Jugamos?, ¿o tienes miedo de perder? — arqueó una ceja.

Él le arrebató el objeto de las manos.

—Nunca.

El viaje continuó tranquilo para los dos. De igual manera, a pesar de la momentánea felicidad, Lara no lograba llenar el espacio que sentía vació.

Nadie podía.


***


—Adiós, Fran —le dijo Guido —. ¿Seguro que no quieres que te alcance a casa?

—No, gracias. Mi madre va a venir a recogerme.

Uno a uno sus amigos se fueron retirando del lugar, mientras él continuaba mirando a ambos lados en una banca del aeropuerto, esperando.

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