-Capítulo 3 "Cupido nunca descansa"-

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—Alma, ¿podemos hablar un segundo? —dijo la Señora Lécaris cuando vio a su hija bajar corriendo las escaleras.

—Lo siento, ma. Debo salir urgente al centro, parece que Lara tuvo un problema.

—De acuerdo, será en otro momento. No olvides tus llaves.

—Claro que no. Te quiero —gritó a la vez que cerraba la puerta y estiraba el brazo, esperando que algún taxi frenase.

***

—Son veinte pesos, señorita.

—Aquí tiene, hasta luego —exclamó la chica, dirigiéndose al lugar que Julia le había indicado por un mensaje de texto.

— ¡Estoy aquí!, ¡ya llegué! —Alma se agarró del mostrador intentando recobrar el aire. En ese momento, notó dónde estaba —. ¿Qué pasó?

—Llegas tarde —se lamentó Julia —. No pude hacer nada.

Al quedó en shock.

— ¿Por qué esas caras largas? —rió Lara.

El corazón de Alma volvió a latir cuando oyó la voz de su amiga. No obstante, se paró nuevamente cuando la vio a la cara.

— ¿Qué rayos te hiciste?

—Me teñí —comentó, como si fuera lo más obvio del mundo y sus amigas fueran unas tontas.

— ¿Qué?, ¿cómo?, ¿por qué?, ¿para qué? —tartamudeó la recién llegada.

— ¿Saben? Se me antoja un cappuccino, vamos a tomar uno y les explico.

Julia tomó a Alma por los hombros y comenzó a arrastrarla hasta la salida, ya que aún no salía de su estupor.

—Tampoco es para tanto. Dile, Pulmón. Soy un Páncreas mejorado y glamoroso.

—Lar, estás loca —habló por fin Alma.

— ¿Recién te enteras, Corazón? —la nueva blonda le guiñó un ojo.

***

— ¡Franco! Abre la puerta en este instante —insistía su padre.

— ¿Acaso es un pecado contestarle mal a tu madre una vez en la vida? —se quejó este.

—En esta casa sí, así que sal ahora. Llevas toda la siesta encerrado.

—Pues bien —dijo al fin. Tomó su mochila y abrió la puerta, dejando a su padre con el puño en el aire, listo para golpear otra vez —. Quiero mi celular, por favor. Voy a ir al centro.

— ¿En serio? —comentó su madre, maravillada.

—Sí —afirmó.

—Es una pena, porque tu celular lo vendimos. Creímos que no lo usarías en un tiempo, con eso de tu etapa solitaria —gruño su papá.

— ¡Joaquín!

—Está bien, mamá. Aunque no sé como harán para saber si me caigo en una zanja, si me pierdo, si me secuestran... —enumeró con sus dedos, colocando una dramática cara pensativa.

—Franco —advirtió el señor Sárter.

—Tiene razón. Necesita un celular —lo cortó Clara.

—De acuerdo.

—Tienes tu adicional de la tarjeta, Fran. Ya sabes cómo usarla, compra un celular.

—No te excedas.

—Estoy bastante grande, no tienes que preocuparte por eso.

— ¡Que te vaya bien!

Fran cruzó el umbral de su casa sin un verdadero rumbo. Pensó en ir a una casa de venta de electrodomésticos, pero finalmente optó por dirigirse al shopping central.

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