-Capítulo 39: "Paradojas"-

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—Entiendo tu punto, Fran, pero debes intentar dilucidar la preocupación de tu madre —la terapeuta hizo una pausa en su discurso —. Llevas una semana encerrándote en tu cuarto con la música alta.

El chico reprimió la necesidad de girar los ojos. Había cometido el error de hacerlo minutos antes y lo único que había ganado era otro sermón.

—Lo sé — se encogió de hombros, observando el reloj por decimoquinta vez en la media hora que llevaban de consulta.

— ¿Por qué no sales con tus amigos? ¿Una chica? Búscate un pasatiempo. Ya te han quitado la bota, puedes dejar atrás el accidente.

Fran se sorprendió de la frialdad de la mujer.

¿Olvidar?

Uno de mis mejores amigos murió en el choque, no voy a poder olvidarlo nunca.

¿Qué estudiaba esta gente en la universidad?

—A lo que iba es que podrías practicar algún deporte —sin darse por aludida, la doctora continuó hablando.

Fran ya no le prestaba ni la más mínima atención.

Lo que pareció una eternidad después, la alarma que se encontraba sobre el escritorio de madera sonó, por lo que Franco se despidió rápidamente y emprendió la retirada.

Empiezo a pensar que estas sesiones me están empeorando.

Su madre, la cual lo había arrastrado hasta el consultorio, lo esperaba afuera.

— ¿Te ha dicho algo?

—Sí —respondió escuetamente.

— ¿Qué te ha mencionado?

—Quiere que haga deportes —una risa seca salió de su interior.

Sin embargo, unos segundos más tarde se arrepintió de hablar de más.

—Lo he estado pensando hace bastante. Creo que lo mejor es que te anotes en la optativa de deportes que tiene la escuela.

—Es broma, ¿verdad? —frenó en seco y la miró a los ojos —. Soy la persona más inútil que ha pisado este planeta.

—Si no lo intentas, no mejorarás.

Y, con eso, dio por zanjado el asunto.


***


Trescientos kilómetros más allá, una chica con un rodete desarmado y unos anteojos de descanso, intentaba subir una caja por las escaleras que la llevaban a su nuevo apartamento.

¿En serio no existe ningún alma generosa que pueda ayudarme?

Al cruzar el umbral apiló lo que llevaba en las manos sobre lo que había cargado unos minutos antes.

Sus revoltosos hermanos corrían por el lugar.

— ¡Luna! ¡Lisandro! Ayúdenme, por favor. Mamá los trajo para eso.

—No —respondió la niña al instante —, nos trajo para que colaborásemos a la hora de acomodar. Nadie mencionó nada de cajas.

Lara soltó un suspiro y se resignó a continuar la tarea por su cuenta. Sin embargo, al voltear, se encontró con un alto chico castaño.

Los ojos cafés de éste transmitían una felicidad que era validada por una gran sonrisa cubierta por brackets.

—Hola —exclamó, levantando la mano derecha —, vi que alguien se estaba mudando y pensé que podría ayudar.

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