-Capítulo 5 "La coordinación es para los aburridos"-

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— ¡Alma! —exclamó Fran, corriendo hacia ella.

—Mira, ahí llegó tu novio a socorrerte —dijo burlonamente Ema.

Él ignoró el comentario y se dispuso a ayudar a su amiga.

—Gracias —susurró ella con los ojos llorosos.

— ¿Qué te duele? —Franco sostenía la espalda de la chica y, más cerca de lo necesario, la miraba a los ojos, en busca de otro daño aparente.

—El tobillo, creo que no puedo moverlo. Me pasa seguido, no te preocupes —intentó esbozar una sonrisa.

—Te llevaré a la enfermería.

Como pudo, el chico puso a Alma de pie. Pasó su brazo izquierdo por la cintura de la muchacha, quien intentaba hacer equilibrio, y se acomodó la mochila en el otro hombro.

Ambos se hicieron camino a través de los estudiantes.

—Creo que tampoco soy muy bueno en la coordinación —comentó el ojiazul cuando estaban cerca de su destino.

—Entonces seríamos un buen equipo de idiotas —rió Al.

Al verlos llegar, la enfermera colaboró con la ardua tarea de Fran.

Luego de que revisara a la muchacha, la Señora Higgins determinó que debían llamar a una ambulancia para un mejor diagnóstico.

— ¿Qué pasó? ¿Están todos bien? —preguntó un agitado Guido, que acababa de ingresar al lugar a la carrera.

Los chicos que llevaban allí un rato, se limitaron a soltar una carcajada; la de la chica un poco apagada.

—Alma se cayó en el pasillo.

—Sí, lo imaginaba.

— ¡Ey! —se quejó la aludida.

—Me refiero a que me crucé a una furiosa Ema y a Lara llevando el doble de carpetas de lo normal. Lo cual es raro, porque casi nunca trae los útiles —mencionó lo último con un tono divertido.

—Le gusta ahorrar espacio —argumentó Alma, defendiendo a su amiga.

—Señorita, ya llegó el vehículo; y su madre está camino al sanatorio.

Alma rodó los ojos.

—Adiós, Fran. Gracias de nuevo. Cada vez te debo más favores.

El chico sonrió, a la vez que un pensamiento surcaba su mente:

Si así fueron los primeros módulos del segundo día de clases, ¿qué nos espera para el resto del año?

La respuesta que Fran desconocía era que muchas cosas; tal vez más de las que podrían soportar.

***

Ring, ring.

Ese fue el sonido fuerte y claro que se escuchó en medio de la clase.

— ¿Quién tiene el celular prendido? —gruñó la profesora Márquez.

Todos los alumnos voltearon inconscientemente hacia la dirección de Fran.

—Señor Sárter, parece que le gusta la desobediencia. Tan bien que me caía —negó lentamente.

—Yo... —dudó.

—Retírese ahora mismo de mi clase. Está castigado, indudablemente. El viernes después de hora lo espero en la sala de detención.

Fran se levantó con todos los tonos de rojo plasmados en sus mejillas y salió del curso.

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