-Capítulo 20: "Los amigos también se hieren"-

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—Fran —murmuraba Felipe.

—Fran —volvió a probar.

Al ver que no se movía de su posición, lanzó un bufido y se dirigió al baño. Regresó con un vaso de agua en la mano.

— ¡Franco! —el chico continuó inmóvil —. Muy bien, tú lo pediste.

Quitó las sábanas que cubrían a su amigo y derramó todo el líquido sobre el torso de este.

Fran reaccionó de inmediato, sentándose recto en la cama.

— ¡¿Qué diablos te sucede?! —le gritó a Felipe, fulminándolo con la mirada.

—Nadie se burla del temor a los delfines de Felipe Samuel Lacour y sale ileso —explicó —. Aparte es hora del desayuno, bello durmiente. Tenemos libre hasta el medio día así que muévete. Te espero fuera.

El ojiazul, saliendo de su estupefacción, empezó a vestirse.

Cuando se dispuso a salir del cuarto, tuvo que detenerse y, sin poder evitarlo, lanzó una carcajada.

En un rincón de la habitación, estaba el pequeño peluche. Le faltaba un ojo, su cola estaba cortada y todo su cuerpo estaba decorado con fibra negra.

"Demonio" se leía.

¡Felipe! Quién te entiende.

— ¿Nos vamos? —abrió la puerta, encontrándose a su amigo sentado con las piernas cruzadas en la pared del frente.

—Sí. Las chicas ya deben de estar ahí.

Él asintió levemente.

— ¿Y Marcos?

—No sé —Feli se encogió de hombros —. No volvió anoche. Supongo que se quedó en el bar o que pidió permiso para salir.

Lo último hizo que la mente de Fran comenzase a funcionar rápidamente.

¿Y si estaba con Alma?

¿Y si se besó con ella?

¿Y si le pasó algo a Al?

Ok, basta.

Me estoy volviendo loco.

Está bien, me enteraré luego.

***


Lara, Alma y Ju ya se encontraban en el comedor, sentadas una junto a la otra.

Tras unos minutos, Martín y Benjamín se sentaron frente a Juli y Lara respectivamente.

—Buenos días —sonrieron.

Julia se sonrojó.

En el momento en el que el chico que se encontraba adelante iba a hablar, otra voz los interrumpió.

—Hola, chicos. Lamento no haberlos podido acompañar ayer. Ya saben, trabajo del hotel —habló Ezequiel, tomando asiento.

Martín lanzó un suspiro de frustración, pese a esto, se animó un poco al notar que Ju no tenía en cuenta al recién llegado.

Lo ignoraba.

— ¿Y Mar y los otros? —preguntó.

Cada uno de los presentes notó de inmediato la tensión que emanaba la ojimiel.

—No lo sé —contestó entre dientes —. Ve a buscarla.

— ¡Hola! —era Fran, el cual acababa de salvar a la mesa de un silencio incómodo —. No tenemos nada que hacer, ¿vamos de nuevo a la playa?

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