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-Capítulo 32: "Reencuentros Embarrados"-

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Fran avanzó por las desconocidas calles de un barrio privado.

Todas las viviendas eran del mismo estilo: grandes y lujosas.

Debería haber llegado hacía quince minutos a la casa de Lara, sin embargo, al ir a pie, se había alargado un poco el asunto.

Volvió a tomar su celular por séptima vez en la tarde y apretó el icono con forma de mensaje.

Roja y pequeña eran las indicaciones que le había brindado la chica por medio de un texto.

Al pararse frente a ella, el único adjetivo que no se le ocurrió fue "pequeña".

Tocó el portero, el cual se encontraba junto a un gran portón de hierro negro y esperó.

¿Es una casa o un hotel? Se preguntó internamente, mientras dirigía su vista a las numerosas ventanas que mostraba la parte delantera.

— ¡Fran!, ¿eres tú verdad? Me sentiría muy avergonzada si no fuese así —exclamó la voz de su rubia amiga a través del parlante.

— ¿Tu, Peruti, avergonzada? Eso debe ser gracioso —sonrió sin poder evitarlo.

Un chillido casi lo hace pegar un salto hacia atrás.

—Lo sabía —gritó —. Salgo en un segundo.

Antes de que la aguja segundera del reloj que llevaba en la muñeca avanzase tres veces, él ya se encontraba siendo abrazado por una masa petiza de ojos azules.

—Te extrañé mucho, Sárter —le susurró.

Fran la estrechó entre sus brazos.

—Yo también, Lar —la besó en la coronilla y se separó con una sonrisa.

Ella le respondió de igual forma.

—Eso nunca pasó, ¿de acuerdo? —se acomodó la pollera que llevaba y frunció el ceño —. No quiero que sepan que en el fondo te quiero —gruñó y comenzó a caminar hacia el interior de la casa contorneando las caderas.

Rodando los ojos, Franco cerró el portón que estaba a sus espaldas y se dispuso a seguir a Lara.

Todos sus amigos estaban en el living. Incluyendo Alma.

Fran tragó saliva.

Recuerda cómo respirar.

No te atragantes, parecerás más idiota de lo que ya eres.

—Hola —sonrió y alzó una mano, para luego volver a meterla en el bolsillo de sus jeans.

— ¡Fran! —todos lo saludaron.

A pesar de que querían actuar casuales, el chico notó cierta distancia. También se dio cuenta de que se habían quedado callados de repente.

—Siéntete como en tu casa, voy a traer algo de comida.

Se sentó entre Guido y Felipe y, rápidamente, su mente retrocedió a principio de año: al tiempo en el que era verdaderamente feliz.

Antes de perderse en sus pensamientos, el timbre sonó.

Lara salió de la cocina con la frente arrugada.

—No falta nadie, ¿verdad?

Paula negó.

Los amigos se observaron entre ellos, confundidos.

En poco tiempo, una chica furiosa ingresó al lugar, tratando de estirar de la remera a un alto castaño.

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