-Capítulo 10: "Problemas en el paraíso"-

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Tal como habían comprobado la primera vez, las calles a las diez de la mañana se encontraban vacías.

Sin embargo, Fran no enfocaba su vista en nada. Solo corría procurando no caer y desnucarse en el intento.

Quería que el frío aire de otoño callara a la voz de su cráneo; que lo ayudase a terminar con esa tortura. Quería que borrara todo aquello que no deseaba recordar.

Nada de eso ocurriría.

En medio de su martirio, Franco observó un pequeño local abierto y no pudo evitar acercarse. Tenía unas luces fosforescentes de color blanco que iluminaban el lugar; en la vidriera había grandes torres de libros.

Un foco se encendió sobre su cabeza.

Al cruzar el umbral, una pequeña campanilla resonó, provocando que la anciana detrás del mostrador levantase la mirada.

—Buenos días, joven-—sonrió —. ¿Puedo ayudarlo en algo?

—Quiero un, un —tartamudeó avergonzado —; un libro de autoayuda-

La expresión de la señora no se modificó en lo absoluto, cosa que Fran agradeció profundamente.

No necesitaba que le tuviesen pena.

—Esos libros no funcionan, hijo. Si lo que buscas es algo que te reconforte, no lo encontrarás en esos textos.

El chico bajó la mirada y se dispuso a salir.

—Pero —continuó la encargada, por lo que su cliente volvió a voltear —, puedo recomendarte esto —de abajo del mostrador sacó cinco cuadernos de diferentes colores.

— ¿Qué son?

—Cuadernos.

—Me refiero... ¿Qué dicen?, ¿cómo pueden ayudarme?

—No dicen nada, están en blanco.

Fran observó a la mujer totalmente confundido; ¿qué haría con libretas vacías?

—Solo tú puedes salvarte, si eso es lo que quieres. Y no hay mejor forma de hacerlo que escribiendo —explicó ella.

— ¿Escribir?

—Sí, escribir. Puedes poner lo que sea: poemas, textos, palabras. Cualquier cosa que te haga feliz.

— ¿Cómo eso podría hacerme feliz? —cuestionó.

—No podría explicarte la sensación ni aunque quisiera, niño —comentó con calidez —Debes intentarlo.

Tras unos segundos, Franco tomó la libreta de color azul.

—Voy a llevarme esta.

La señora sonrió con aprobación.

—Un color tan hermoso como el de tus ojos.

Él se sonrojó.

— ¿Cuánto sería?

—Nada. Es un obsequio.

—No puedo aceptarlo —negó levemente con la cabeza.

—Claro que puedes. Y lo harás —la mujer asintió —. Ve y escribe, no te arrepentirás.

—Gracias —Franco esbozó una gran sonrisa a pesar de la pesadumbre que sentía en su interior.

Antes de marcharse escuchó la voz de la agradable señora.

—Solo ten cuidado. Escribir es muy terapéutico, pero si te enfrascas mucho podría terminar por destruirte.

—No se preocupe. No lo hará.

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