-Capítulo 36: "Agónica realidad"-

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Las lágrimas no dejaban de brotar de sus ojos.

Cerró la puerta de entrada de un portazo y, como pudo, subió los peldaños que lo separaban de su santuario.

Se ha ido.

No está más.

Felipe ha muerto.

El dolor le apretaba el corazón y le martilleaba la cabeza.

Tiró las muletas en algún lugar y se arrojó a la cama, ahogando sus sollozos con la almohada.

¿Cómo era posible que la vida fuese tan injusta?

Una foto de la cara de Lara se presentó en su mente.

El chico de sus sueños; el chico al que amaba...

Pensó qué sentiría si Alma se muriese, y, con inaginar este hecho, una nueva represa de llanto se quebró.

Su madre había abandonado el hospital para salir con Nico y despejarlo un poco de todo lo que estaba sucediendo, por lo que Franco tuvo que conseguir un taxi para volver a su silenciosa y solitaria casa a la que ya ni siquiera podía llamar hogar. El punto a favor era que podía desahogarse sin que llamasen al "Escuadrón Anti-suicidios".

El recuerdo brilló en los bordes de su mente: los doctores entrando rápidamente y expulsándolo a él y a Al de la sala, en un intento fallido de tranquilizar a una Lar que sufría una crisis nerviosa.

Respiró pausadamente, tratando de dejar de llorar.

Felipe no querría verte así.

Él te sacaría una sonrisa.

Ruidos llenaron la habitación.

Gotas, cayendo pausadamente en el exterior de su cuarto.

Una repentina rabia lo invadió.

Tomó la lámpara de su mesa de luz y la tiró contra la pared más cercana. El sonido de la porcelana haciéndose añicos lo reconfortó.

Solo debes tapar tu dolor.

Tápalo.

Se sentó sobre el colchón, evadiendo la gran superficie blancuzca que rodeaba su pierna.

Agarró todo lo que estaba a su alcance y lo estrelló.

Debería sentirse mejor, un ápice al menos, pero no.

Con cada golpe que le daba a uno de sus objetos que alguna vez fueron preciados, el diluvio parecía incrementarse.

Se levantó, gruñendo por lo bajo al recordar que no sabía la ubicación actual de sus muletas.

Saltando en un pie, llegó al escritorio y tomó asiento justo frente a la ventana.

En algún punto, lo reconfortaba notar las gotas zigzagueando sobre la superficie, exentas del sufrimiento o, incluso, siendo partes de él.

Acompañando tácitamente, con sólo un leve repiqueteo que te indicaba que estaban allí; con caminos separados, cayendo por el vidrio hasta tener un estrepitoso final.

Así era su soledad esa noche: le permitía disfrutar de las cosas que estaban aún más solas que él.

El día del accidente había estado lloviendo torrencialmente y, a pesar de que la culpa no era de las nubes, su ira volvió a él.

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