-Capítulo 7: "Operación Idiotez"-

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— ¡Un guante! ¡Dulce de leche! ¡Cuchillo y platos!

Esas eran las órdenes que gritaba Alma. Con un repasador rodeando su mano derecha para evitar quemarse, la chica intentaba salvar la torta bajo la mirada de siete atentos pares de ojos.

—Les dije que ya no serviría —comentó una resignada Lara, con una toalla enroscada en su cabeza.

— ¡Ey! No está tan quemada —habló Guido con la boca llena —. El dulce de leche reduce mucho el sabor a chamuscado.

Fran realizó una mueca de disgusto.

—Tú porque eres una máquina de tragar comida.

—Yo lo llamo "vivir la vida" —contraatacó el chico que acababa de terminar una porción y comenzaba a cortar otra.

—Lara mucha cocina, mucha cocina y la salva tortas termino siendo yo —rió Al.

—También eres la causante de que se quemara, así que yo que tú no hago comentarios.

La cocina se sumió en un pesado silencio, lo único perceptible a los oídos eran los ruidos de Guido, quien estaba ensimismado con su trozo.

— ¿Puedes cerrar la boca al comer? —explotó Marian —. No me interesa en lo absoluto ver tu esófago.

El aludido se ruborizó.

—Eh —balbuceó Pau, tratando de salvar el momento —, ¿y Felipe?

Todos voltearon a mirarla, con la advertencia brillando en sus ojos.

— ¿Dije algo malo?

—Tranquila, amorcito. Solo cierra la boquita —Mar le acarició la cabeza con un falso cariño.

-Una hora atrás.

— ¿Qué? —gritó Lara, empujando lejos a Felipe.

—No te avergüences de tu novio —reclamó Marian.

— ¡No es mi novio! —gruñó furiosa —. Es el idiota del primo de Alma.

Los recién llegados pasaban la mirada desde Lara, hasta Felipe; y de allí a Alma y Julia, que seguían riéndose disimuladamente.

—Está bien, de acuerdo. No soy su novio, aún. Pronto tal vez —levantó ambas cejas.

— ¡Agh! —se enervó la rubia —. Eres un idiota, te odio. ¡Te odio!, ¿oíste? —y, con esto, entró a la casa.

—Bien, creo que la diversión terminó —el muchacho que acababa de ser parte de la escena, también se dispuso a ingresar —. Estaré en el cuarto de huéspedes por si me extrañan —sonrió. No obstante, antes de entrar, susurró a Marian —: Hay cerveza en la heladera, ¿por qué no se relajan un poco? —guiñó un ojo y retomó su rumbo.

¿Acaso es un tic nervioso? farfulló la mente de Lara, quien observaba el suceso desde la ventana de la cocina. Odio que guiñe el ojo... ¿Por qué todo le queda tan bien?

Luego de ese pensamiento, la chica se regañó mentalmente:

¿Quedarle bien? Ya quisiera; ni siquiera es lindo.

Bueno, tal vez un poco. Pero no se lo diré nunca.

En ese momento, Felipe pasó por su lado y, tras lanzarle un beso, desapareció.

Lara suspiró.

No otra vez, Ari...

No otra vez.

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