Bianca

12.3K 478 276
                                    

El pesado Sol del mediodía refulgía con toda su potencia en medio de un bello cielo azul que se mostraba despejado por completo. Allá en lontananza, múltiples reverberaciones mostraban a las claras que el excesivo calor en la atmósfera estaba haciendo de las suyas. Las calles lucían muy polvorientas y corría una leve brisilla, casi imperceptible, la cual no ayudaba en lo más mínimo a aplacar el insufrible bochorno que es tan característico de la estación seca en Costa Rica. Aquel viernes de mediados de marzo era un día que invitaba a darse un chapuzón en alguna refrescante alberca, o bien, a tomar un delicioso refresco helado estando recostado bajo la reconfortante sombra de un frondoso árbol o de una amigable palmera. Cualquier cosa hubiese sido mejor para Bianca que estar sentada en completo silencio, sobre una incómoda silla de madera, escuchando la soporífera charla interminable sobre la Segunda Guerra Mundial que estaba dando su antipático profesor de Estudios Sociales, el señor Vargas.

La pobre muchacha deseaba salir huyendo o que se la tragase la tierra. Hasta había pensado en inventar que la atacaba de pronto algún tipo de dolencia gástrica grave, con tal de escaparse del tormento que le suponía estar presente en aquella tediosa clase de Historia. Su cabeza a cada instante se inclinaba hacia adelante sin que ella pudiera evitarlo, y sus ojos ya comenzaban a entornarse. La chica estaba luchando con todas sus fuerzas para no quedarse dormida, pero los irrefrenables bostezos que la asediaban desde el mismísimo instante en que había cruzado el umbral de la puerta que daba al interior del aula quince dejaban ver que estaba a punto de perder su batalla contra el aburrimiento y el cansancio.

—¡Jovencita Bustamante! ¡¿Qué le pasa?! Vaya ahora mismo al baño y mójese la cara con agua, a ver si acaso así se despabila. No me gusta que mis estudiantes vengan a dormir a mi clase. La próxima vez, no le tendré tanta paciencia. ¡Espero que esto no se repita! —espetó entre gruñidos el viejo cascarrabias.

—¡Lo siento mucho, señor Vargas! Le prometo que no va a volver a pasar... En serio, perdóneme... —afirmó Bianca, casi susurrando.

La voz se le había atorado en la garganta debido al gran susto que se llevó con el grito de su profesor. Se puso pálida y se quedó mirando al hombre a los ojos, contrayendo cada uno de sus músculos faciales de manera tal que todos ellos en conjunto retrataban una de las más perfectas muecas de terror que se hayan visto.

—¡¿Qué está esperando?! ¡Deje ya de verme como si tuviese cuernos y apresúrese! Tiene sólo cinco minutos para regresar. De lo contrario, recibirá una amonestación, ¿entendido?

—¡Sí, señor! Ya mismo salgo... ¡Discúlpeme, por favor!

La chiquilla saltó de su asiento y se movilizó con gran rapidez hacia la puerta, cual si fuese una asustadísima liebre huyendo de los temibles sabuesos que la acechaban. Una vez que estuvo afuera de su salón de clases, comenzó a correr por el pasillo y luego a subir de dos en dos las gradas que la llevaban hasta la planta alta, en donde estaban ubicados los servicios sanitarios para señoritas. No había ninguna otra persona dentro cuando Bianca llegó, así que se permitió dejar fluir con libertad a las lágrimas que sus alargadas pestañas negras habían estado reteniendo. Y es que cuando alguien le gritaba, lo cual sucedía muy a menudo tanto en su casa como en la escuela, su ánimo se alteraba mucho y, con cierta frecuencia, lloraba por las noches. Era una característica de ella que nunca pudo cambiar, por mucho que se esforzaba para lograrlo.

—¡Ya cálmate, tonta! ¿Es que acaso vas a seguir siendo una débil llorona toda tu vida? Tampoco fue para tanto —balbuceaba la niña, reprendiéndose a sí misma.

Bianca contemplaba su propio reflejo en el enorme espejo que tenía en frente. La triste imagen que este le devolvía le causaba una profunda frustración. Odiaba verse con los párpados hinchados y la nariz enrojecida, chorreando densa mucosidad. Su entera figura se notaba temblorosa y el ritmo de su respiración era demasiado rápido, como si estuviese al borde de un serio ataque de asma. "Me sucede todo esto por un simple regaño del profesor. Algo tiene que estar muy mal conmigo..." monologaba la frágil chica, dentro de su cabeza. Mientras continuaba sumergida en el embravecido mar de sus oscuros pensamientos, tomó una minúscula barra de jabón azul, de las que estaban junto al amarillento lavabo, la humedeció un poco y empezó a restregarse la cara con esta. Tenía que asegurarse de borrar por completo las huellas de su llanto antes de regresar a su clase o, de lo contrario, sus compañeros la harían objeto de un incómodo interrogatorio durante el receso. No cesarían de asediarla con un aluvión de embarazosas preguntas hasta forzarla a revelarles por qué había llorado, y ella no deseaba hablar sobre ese delicado asunto con nadie.

La Legión de los Olvidados [Saga Forgotten #1]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora