Emil

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Emil fue un muchacho muy tímido y poco llamativo desde siempre. Nunca sobresalió en los deportes o en las artes, muchísimo menos con las chicas. Solía usar unos lentes de aros gruesos, pantalones de tonalidades oscuras y camisas de mangas largas, con un chaleco verde de rayas amarillas en diagonal. Sus compañeros se burlaban de él a cada segundo y hasta le robaban su dinero para el almuerzo de día por medio. Así que su juventud no fue nada parecido a un mar de rosas, una época que más tarde pudiera recordar con alegría o nostalgia. Fue más bien una terrible pesadilla para él, pues día a día tenía que librar una batalla campal contra una sociedad que se empecinaba en maltratarlo y excluirlo de todas las maneras posibles, lo cual causó que la amargura se apoderase de él.

Una tarde lluviosa, cuando Emil caminaba a paso rápido a través de una vereda boscosa que conducía hacia su casa, después de otro espantoso día en la escuela, de pronto comenzó a experimentar una sensación muy extraña y dolorosa, como si una mano hecha de hierro incandescente le incinerara el interior de su pecho. Intentó gritar, pero sólo consiguió proferir un susurro entrecortado. Su corazón latía desesperado, pues apenas podía respirar entre sus múltiples jadeos. Su visión se iba tornando cada vez más borrosa, y un agudo chillido metálico inundaba sus oídos. Sentía que su lengua estaba hinchada y con ella percibía un potente sabor a polvo sulfúrico. Sin poder hacer nada para detener lo que creyó que se trataba del momento de su muerte, se desplomó sobre el pasto y perdió la consciencia por completo...

Cuando fue capaz de despertar, estaba tan aturdido y extenuado que no tenía ni idea de dónde estaba, cuánto tiempo había transcurrido o qué era con exactitud lo que le había sucedido. Se frotó los ojos repetidas veces, intentando aclarar su todavía nublado campo de visión. Sus sienes palpitaban con tanta fuerza que creía que su cabeza de seguro explotaría en cualquier momento. Trató de incorporarse, pero ambas piernas le temblaban como gelatinas, y un fuerte mareo lo desbalanceó, así que se vio obligado a permanecer sentado. Después de unos pocos minutos en esa condición, comenzó a distinguir con más claridad lo que había a su alrededor. Estaba dentro de una enorme cueva en donde la iluminación era muy escasa. Solo se distinguían algunos contornos gracias a una pequeña colección de candelabros plateados colocados al azar.

—Oh, por Dios, ¿qué es este lugar? ¿Acaso fui secuestrado o algo así? —preguntaba perplejo.

—Bienvenido seas, Emil —dijo una voz semejante a un graznido de cuervo.

Una figura encapuchada se erguía frente a él. Estaba a unos tres metros de distancia a lo sumo, pero Emil no conseguía distinguir su rostro, pues el enigmático personaje se había posado de espaldas a uno de los candelabros, y la capucha le cubría los ojos si se inclinaba un poco. El joven solo veía una silueta negra, como si de una gran sombra parlante se tratase.

—¿Estás listo ya, jovencito? —inquirió de Emil aquel desconocido.

—¿Listo yo? ¿Para qué? ¿Quién eres y qué quieres de mí? —espetó Emil con un dejo de rabia en la voz y una mirada desafiante.

—No seas tan irrespetuoso, muchacho. Deberías estar agradecido por la gran bondad que tengo para contigo. Hay algo muy importante que tengo para decirte, y será mejor que concentres toda tu atención en mis palabras —sentenció el encapuchado.

Emil nunca hubiera sido capaz de imaginar lo que estaba a punto de escuchar.

—Llevas en tus venas la misma sangre de Nahiara, nuestra amada soberana. Al ser ella una humana que fusionó su alma con la de un Nocturno, ya no podía concebir hijo alguno, pero se aseguró de tener un linaje mediante la transfusión de la mitad de su sangre a una joven aldeana embarazada mientras ésta dormía. Haciendo eso, Nahiara tuvo entonces la posibilidad de ser liberada o de renacer si por alguna circunstancia muy desdichada fuese sellada o asesinada. Pero en la Legión de los Olvidados no contábamos con que la atacara algo tan poderoso como un Sydän. Creíamos que nunca seríamos capaces de romper el sello creado por los malditos Valaistu para retener a Nahiara por la eternidad. Por suerte pudimos encontrar los manuscritos sagrados, escritos por nuestra mismísima soberana, donde ella reveló no sólo el secreto de su descendencia, sino también la manera en que ésta podía salvarla. Aquí es donde tú, Emil, entras en juego —explicaba con una sonrisa demencial el seguidor de Nahiara.

Emil no salía de su asombro. No se había percatado de que tenía la boca abierta y una expresión embobada. Aquellas palabras no tenían sentido para él.

—¿De qué estás hablando? ¿Es esto una broma de mal gusto? —cuestionó él, a voz en cuello.

—¿Qué te hace creer que bromeo, ingenuo muchacho? —respondió con severidad el encapuchado. —Mejor para ti si guardas completo silencio ahora mismo. Como te decía, eres muy importante para nosotros. Eres una pieza clave en la liberación de Nahiara. Lo que debes hacer es tener una hija con una descendiente de Miria, la guerrera Valaistu que selló a mi soberana. Teniendo tu hija la sangre de Nahiara y de Miria al mismo tiempo, será muy poderosa, y entonces podremos tomarla y ofrecer su vida como sacrificio a los Nocturnos, rompiendo de esa manera el sello de los Valaistu. No te preocupes, la joven que has de desposar es hermosa, así que no debería representarte problema alguno cumplir con tu destino —concluyó en tono triunfal algo burlesco.

Emil sentía como si le acabara de caer un rayo. De un pronto a otro, pasó de ser un rechazado del que todos se aprovechaban a ser el descendiente de una legendaria emperatriz a la que debía rescatar.

—¿Y qué pasa si me rehúso? ¿Cuál es la recompensa para mí si decido hacer lo que me pides? —se atrevió a interpelar.

—Si te rehúsas, te costará tu propia vida. No tenemos reparo en acabar contigo, pues tienes dos hermanos menores que podrían ocupar tu lugar. Acudimos a ti primero porque preferimos al primogénito. Y si aceptas, tu recompensa, entonces, será seguir viviendo. ¿Qué más podrías querer? —respondió sarcástico aquel personaje que aún seguía en el anonimato.

Emil se quedó lívido. Le costaba mucho trabajo tragar su propia saliva. Sus manos temblaban, mientras un torrente de frías gotas de sudor caía en cascada por todo su cuerpo. Por más desagradable que pudiera parecer su vida, no estaba listo para perderla tan pronto. De forma precipitada, aceptó llevar a cabo la misión que se le había encomendado.

Un día después de aquella charla con el encapuchado, Emil caminaba con una expresión de ansiedad en el rostro. En sus manos llevaba una pintura muy bella. Era el retrato de la joven que debía buscar y, de alguna manera, convencer de que se casara con él. Aún no tenía claro cómo es que ella se enamoraría perdidamente de él con sólo regalarle la extraña rosa blanca que le fue entregada junto con el hermoso retrato. "¿Cuál era su nombre?" decía en voz baja mientras fruncía el ceño tratando de recordarlo. "Ah, sí, está escrito en el reverso del retrato. Vamos a ver... La chica se llama... Déneve."

La Legión de los Olvidados [Saga Forgotten #1]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora