XIII.- Corazón delator

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28 de noviembre

En la escuela del pueblo solo había una estufa: un armatoste pequeño y mal atornillado de metal negro que funcionaba a base de carbón. Estaba instalado en uno de los salones de la planta baja. De ella salían rudimentarias tuberías descoloridas que se repartían pobremente por el edificio intentando distribuir el escaso calor, que rara vez llegaba al tercer piso. La buena intención de los maestros, confabulados con el herrero, habían hecho posible que las mañanas gélidas de otoño y de invierno no lo fueran tanto. Aún así, los chicos acudían a clase con guantes deshilachados y bufandas, y en cuanto las estaciones se volvían frías y húmedas, no eran pocos los que no se quitaban el abrigo en toda la jornada.

El tercer piso, el más frío y destartalado, estaba destinado a los alumnos de último curso. Bajo la tutela del señor Henderson, el grupo de muchachos aguardaba con impaciencia el final de cada jornada, y al mismo tiempo, el término de aquel año que sería el último en el que se verían atados por las obligaciones escolares. Para todos ellos sin excepción era un alivio. Hambrientos de vida y de autonomía, los jóvenes miraban hacia el futuro con esperanza. Años más tarde, cuando fueran adultos, recordarían la época con anhelo y melancolía, pero durante los días de tareas y estudio únicamente deseaban que todo aquello terminara para ser libres de una vez.

En el aula había unas veinte mesas, ocupadas por chicos de quince años procedentes de todas las clases sociales. Samuel y John se sentaban juntos en sendos pupitres, situados cerca del centro del salón. Jonathan y Dio ocupaban otro par junto a una de las ventanas. Delante, en el mejor pupitre y sentado él solo, se encontraba el primero de la clase, Richard Burnfield, un joven prodigio que siempre se jactaba ante los demás de su inteligencia y superioridad.

Jojo no tenía nada en contra de Burnfield, pero de un tiempo a esa parte había comenzado a caerle un poco mal. En aquel momento, el chico estaba ante el encerado, corrigiendo un difícil problema matemático con rapidez. Jojo había mejorado mucho en cálculo y aritmética durante los últimos años, no era envidia lo que sentía, pero ese aire petulante y engreído con el que Burnfield lo hacía todo le enervaba. Le recordaba a un gallo, pavoneándose siempre de forma estridente.

No se oía un solo sonido en el salón, únicamente la tos del viejo señor Henderson y el repiqueteo de la tiza contra la plancha de pizarra mientras el chico dibujaba los números con una caligrafía desordenada y caótica.

Un roce en el brazo hizo que Jojo volviera el rostro hacia su compañero. Dio tenía la barbilla apoyada en el puño y el cuerpo ligeramente ladeado, con una pierna cruzada sobre la otra en una de esas poses distinguidas que tanto le gustaba adoptar. En cualquier otra persona había resultado extravagante, pero a él le quedaba natural. Mantenía la vista fija en la pizarra, contemplándola sin verla realmente, con aire introspectivo. Era imposible saber lo que estaba pensando, pero había cierto brillo en sus ojos que a Jonathan le pareció fruto de una íntima diversión. Entonces, con disimulo, Dio giró el pliego de papel hacia él. Junto a sus perfectos cálculos, en el margen, había escrito con letras elegantes y diminutas una sola frase.

Si le sigues mirando así, dentro de unos segundos empezará a arder por combustión espontánea.

Jonathan apretó los labios, conteniendo una risa. Tomó el lapicero y escribió debajo, procurando cuidar al máximo su caligrafía.

Se lo tiene muy creído. El primero de la clase deberías ser tú. Intentaré no quemarle sin darme cuenta con mi mirada destructora :)

Con la punta de los dedos, ladeó la hoja para que su hermano adoptivo pudiera leer la respuesta. Este así lo hizo, y una media sonrisa fugaz arqueó la comisura de sus labios. Rápidamente y sin variar su pose, Dio comenzó a escribir. Jojo siguió el trazo con la mirada, viendo formarse las palabras.

El fuego y la tormenta¡Lee esta historia GRATIS!