XVI.- Primavera

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He tenido unos días un poco regulares y aunque he repasado y corregido el texto igual se ha quedado alguna reiteración o alguna porquería. Si es así, perdonadme! Espero que a pesar de todo os guste y lo disfrutéis, pero en cualquier caso lo repasaré en un par de días y si hay errores los corregiré, por favor, no me lo tengáis muy en cuenta. Un abrazo <3 

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Mayo de 1884

La luz intensa del sol traspasaba la ventana, proyectando un haz dorado sobre el escritorio oscuro. En el interior de la mansión el aire era aún fresco gracias a los gruesos muros de piedra y a la oscuridad, que siempre permanecía agazapada en los rincones, desafiando a la primavera incluso en días tan cálidos como aquel.

Jonathan mantenía la mirada fija tenazmente en el libro. El trino de los pájaros y el azul del cielo le reclamaban, pero los exámenes finales estaban cerca y tenía que esforzarse al máximo. La Academia Hugh Hudson era muy exigente y quería impresionar, no solo a los rectores, también a su padre y a su hermano.

Trató de concentrarse en las palabras y en las ilustraciones. Los capiteles y las plantas de los templos de la edad antigua le atraían, aunque no tanto como el ensueño de la hierba bajo sus pies y la caricia de la brisa en el rostro, no tanto como el latido de su propio corazón y el anhelo por compartir risas y confidencias con sus amigos.

«No pienses en eso ahora —se reprochó—. Capiteles. Capiteles corintios».

Obligó de nuevo a su mente a centrarse en el texto con un suspiro de resignación. La llegada de la primavera le hacía sentirse inquieto, activo y vivificado, como si él también floreciera cada vez que las nieves se derretían. Otros años se había rendido con facilidad a las tentaciones del exterior, pero en aquella ocasión no podía permitirse flaquear. No quería decepcionar a nadie, pero por encima de todo, no quería decepcionarse a sí mismo. Estaba siendo un gran año, uno de los más felices que recordaba. No iba a estropearlo por un momento de debilidad.

Los motivos de su felicidad y de la reafirmación de su espíritu eran muchos.

Para empezar, desde las pasadas navidades, su padre pasaba la mayor parte del tiempo en casa. Ya apenas viajaba y cuando lo hacía, escribía a menudo y regresaba muy pronto. Había dejado gran parte de sus negocios en manos de socios y asistentes y se limitaba a dirigir las operaciones comerciales desde la comodidad de su hogar. Eso había hecho que se acercara más a él y que su vida familiar se volviera mucho más rica y estable. George entraba en el otoño de su vida con un carácter mucho más templado y la honda herida que la muerte de su esposa le dejara se había transformado en una dulce melancolía. Mostraba interés por el joven en quien su hijo se había convertido, le hacía preguntas respetuosas y le escuchaba sin juzgarle, considerándole ya un adulto. Aquello hacía que Jonathan se sintiera mucho más tranquilo y seguro a su lado. No había regañinas ni castigos, y tampoco tenía que sufrir el ser comparado continuamente con su hermano. Los dos habían cambiado, y así, su relación también lo había hecho, volviéndose más estrecha y saludable que nunca. Ahora las comidas eran agradables y distendidas y los paseos por el jardín, las partidas de ajedrez, las salidas a cazar y las conversaciones animadas en la sala de té o en la sala de música se habían convertido en una constante. La mansión parecía mucho más viva ahora que su señor estaba allí y sus gigantescos muros parecían más que nunca un hogar. Los pocos miedos que le habían quedado a Jonathan después de enfrentarse a la tormenta, como la idea de contrariar a su padre o el temor a no ser capaz de conducirse como un verdadero caballero, se iban diluyendo poco a poco.

Además, sus estudios habían mejorado mucho, y también su forma física. La madurez le había traído un sosiego y una capacidad de concentración muy necesarios. El entrenamiento constante, el boxeo, la equitación y los habituales partidos de rugby, además de una genética privilegiada, habían hecho el resto. Se sorprendía al ser capaz de correr cada vez más rápido y golpear cada vez más fuerte. Además, cuando la situación lo requería, tenía la habilidad de sacar energías de donde ya no le quedaban y seguir adelante, impulsado por su imbatible voluntad: un ardor intenso que prendía en su alma y le llevaba a romper sus propios límites.

El fuego y la tormenta¡Lee esta historia GRATIS!