X.- La tormenta (II)

579 69 32


No era la primera vez que Jonathan se veía obligado a huir de una tempestad.

Durante su infancia, era habitual que en las tardes de invierno la lluvia le sorprendiera de regreso a casa. En esas ocasiones, se arrebujaba todo lo que podía en el grueso abrigo, se calaba la gorra y echaba a correr junto a Danny, deseando dejar atrás las oscuras y amenazadoras nubes, la densa cortina de agua, los truenos, los relámpagos y el estruendo del viento. Más de una vez había visto volar cerca de su cabeza una rama desgajada, trozos de corteza y briznas de hierba.

Así eran las tormentas: lo despedazaban todo, anegaban la tierra, se desataban sin piedad sobre el mundo.

Aquella tarde de septiembre, en cambio, Jonathan no sentía la necesidad de cubrirse y tampoco de correr como si le persiguiera un lobo. Después de todo, tenía ya quince años y estaba cansado de sentirse un cobarde. Caminaba a buen paso a lo largo del encharcado sendero, rodeado de una salva de gotas crueles que martilleaban contra la tierra, con el ceño fruncido y una expresión llena de determinación. El agua le corría por los cabellos ya empapados, se metía por debajo de su ropa, gélida y punzante, y mojaba el libro que mantenía contra su pecho desesperadamente, luchando sin esperanzas por salvarlo del deterioro.

Mientras avanzaba, Jojo no pensaba en la terrible tormenta. Solo podía pensar en su hermano, en las duras palabras que le había dicho y en la mirada verde y acerada de Abigail Hale.

Sí que eres un crío, Jojo.

Hasta entonces, nunca había escuchado a Dio pronunciar su diminutivo de ese modo. Con tanto desprecio. Bueno, puede que sí. Tal vez lo oyó tiempo atrás, cuando aún eran niños... pero no de la misma manera. Había un veneno diferente en el modo en que se había expresado aquella tarde, un despecho que no comprendía.

Tú, que has vivido rodeado de privilegios, sin que nada pueda tocarte, no sabes lo que es la vida ni lo que es el terror.

La lluvia repiqueteaba contra las hojas de los árboles, resonando también en sus oídos con un rumor obstinado. Sus dedos fríos se escurrían por su espalda y sus hombros, rodeaban su abdomen y le calaban hasta los huesos.

Apretó los dientes y aumentó el ritmo de sus pasos, más por enfado que por prisa.

No sabes nada.

-Tú siempre lo sabes todo, ¿no? -murmuró para sí-. Tú eres perfecto. Intachable.

Puede que lo fuera, pero eso no le daba derecho a tratarle de aquel modo. «Aunque no estoy molesto por eso», reconoció.

No, ahora sabía la verdadera razón. Estaba furioso porque él había reunido hasta el último céntimo de su asignación y se lo había jugado todo a las cartas para hacerle un regalo... y mientras tanto, él flirteaba con Abigail Hale.

No tenía derecho a estar molesto, pensaba, pero le había molestado. Y mucho.

« No puedo exigirle nada. Además, ¿qué le voy a exigir? ¿Que me haga más caso? ¿Que no hable con esa chica? Es ridículo. Es ridículo y es infantil, y yo no soy así... yo no soy así».

Resopló, apretando el paso. Se sentía como si tuviera anzuelos clavados en el corazón y los sedales tirasen en distintas direcciones.

«No lo entiendo. ¿Por qué me siento de este modo? Es tan patético... Además, no es que me esté ignorando... Pasamos mucho tiempo juntos, estamos más unidos que nunca. ¿Qué derecho tengo a pedirle más y más? Y sobre todo, ¿qué derecho tengo a pedirle que no le dé nada a ella?».

El fuego y la tormenta¡Lee esta historia GRATIS!