Capítulo XXIII.- La verdad

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6 de noviembre de 1888


Expulsado. Desterrado. Despojado.

La puerta se cerró a su espalda. El cielo, las hojas arrancadas por el viento arremolinándose en una frenética danza, las negras siluetas de los árboles; todo parecía amenazador. El aire era frío afuera y el mundo aguardaba con las fauces abiertas.

Encorvado. Dolorido. Vencido.

Bajó un escalón de piedra, el primer paso en la oscuridad. Quería pensar que aquello no estaba sucediendo realmente, pero no le quedaban fuerzas ya para engañarse.

Tenía un brazo roto, el rostro amoratado, la chaqueta arrugada, el cabello revuelto, y allí donde debería estar su corazón, un pozo profundo y negro que se iba llenando de rabia poco a poco. La ira calentó su piel. Llegó, veloz y maternal, para arroparle con su manto ardiente. Una losa pesada y asfixiante presionaba sobre su pecho. Tambaleándose, descendió hasta el camino de gravilla y volviendo la mirada un solo instante, contempló la fachada de la mansión con ojos fieros e incandescentes.

—Eres tú quien me ha decepcionado a mí —murmuró con voz quebrada—. ¡¿Me oyes?! ¡Eres tú quien me ha decepcionado a mí!

El grito quedó sin respuesta, engullido por el viento feroz. Tragó saliva. Dos lágrimas de rabia hicieron brillar sus ojos. Con un gruñido, se dio la vuelta y echó a andar sin rumbo.

. . .

«Desde que el hombre abrió los ojos siempre ha buscado la respuesta a su propia existencia. Ahora, con lentes y tubos de cobre, podemos conocer lo grande y lo pequeño. Hemos mirado en las estrellas y también en las bacterias y, por el momento, no hemos encontrado a Dios».

El microscopio tenía tantas clavijas, ruedas y lentes que en un principio Cecily pensó que nunca podría aprender a manejarlo. Sin embargo, con el paso del tiempo se adaptó, igual que se adaptaba a todo. Las palabras del profesor Goodwin le venían a la memoria siempre que se inclinaba sobre el instrumento. Era un buen hombre. Un hombre amable pero demasiado librepensador. La academia Hugh Hudson había llegado a esa conclusión después de que un alumno se quejara a sus padres de sus heréticas palabras y falta de pudor y decencia. Nadie sabía en qué había consistido exactamente lo segundo, pero el hecho es que el Profesor Goodwin se vio obligado a abandonar la academia apenas dos meses después del inicio del nuevo curso.

Así, Cecily se había quedado sin director para su tesis. El doctor Tobias Shaw era un buen sustituto, aunque infinitamente más aburrido que Goodwin. Además, no miraba con buenos ojos que las mujeres pudieran estudiar y le había costado aceptarla. Siempre era igual. En cualquier caso, finalmente había tenido que reconocer su talento y ahora solo ponía pegas a la naturaleza de su investigación.

—Una mujer investigando sobre venenos es inquietante —decía.

—¿Sabe qué es inquietante también? El número de muertes por envenenamiento no detectadas que tienen lugar al año en Inglaterra. Necesitamos saber más, profesor. Grandes logros requieren grandes sacrificios.

Ante aquel argumento de peso, Shaw solía apartar la mirada y levantar la mano ante la ingente cantidad de pequeñas ratas, ratones, ardillas y conejos que Cecily utilizaba para sus pruebas cada semana.

El estudio de la joven en la mansión Ward se había convertido poco a poco en un lugar siniestro. En los estantes se apilaban frascos blancos y verdes con todo tipo de criaturas dentro, flotando en soluciones que garantizaban su buena conservación. Cajas compartimentadas recogían una amplia variedad de setas, hongos, hierbas, flores y musgos. En la polvorienta librería, los volúmenes se apilaban en un orden que solo ella era capaz de comprender. Sobre la amplia mesa yacían el instrumental, las jaulas vacías, los alambiques y retortas y la lámpara de gas, que proyectaba una luz constante y mortecina sobre los apresurados apuntes de la joven. Desde las paredes, una infinita colección de cráneos blanqueados parecía observar a todo aquel que entraba.

El fuego y la tormenta¡Lee esta historia GRATIS!