XII.- Luna de octubre

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10 de octubre

Desde su nueva ventana, Jonathan contemplaba la pradera. Por encima de la hierba, reseca ya a esas alturas del año, el cielo límpido del anochecer se teñía de añiles y violetas y las primeras estrellas se prendían como diminutas antorchas blancas en la lejanía. El otoño seguía su curso, secando las hojas y volviendo grises los cielos, reduciendo el sol a un disco cada vez más pálido y pintando el paisaje de la campiña con rojos y ocres, amarillos y marrones. Para Jojo, que amaba estar al aire libre, el otoño nunca había significado nada en especial, pero aquel año, las cosas eran distintas. Ya no le importaba tanto quedarse en casa a causa del frío y el mal tiempo. Tampoco sentía tantos deseos de salir fuera con tanta frecuencia, hacer carreras o retozar por los prados como un pequeño cachorro salvaje. Aún adoraba dar largas caminatas por el bosque y las colinas, pero su espíritu indomable disfrutaba ahora más de la contemplación que de la actividad constante y explosiva.

—Te estás haciendo viejo —bromeaba Tommy ante su paulatino cambio de actitud—. Dentro de nada te veremos con bastón.

—No es eso, tonto —replicaba Samuel—. Además, apenas eres un año más joven, no seas tan engreído.

Lucas no decía nada, se limitaba a sonreír.

Jonathan se encogía de hombros y apartaba la mirada, algo azorado. Lo sabía. Estaba cambiando. Lo notaba en sus huesos, en su piel, en sus músculos y en su corazón.

Dos días después de la tormenta que destrozó su habitación, Jojo se puso enfermo, tal y como todos esperaban. Fue una enfermedad fugaz e intensa, que le postró en cama presa de la fiebre durante otros dos días. El médico dijo que no se trataba de ninguna dolencia grave, que habría que esperar un poco para ver la evolución de la enfermedad, pero al tercer día, la fiebre desapareció y Jonathan se despertó fresco y despejado. Cuando, tras asearse, se reunió con su hermano en el salón azul, este sostenía una taza de té en una mano y un libro en la otra. Le miró intensamente unos segundos y después dijo:

—Estás más alto.

Jonathan se miró las mangas de la camisa. Se le habían quedado cortas.

El otoño, así pues, transcurría con el ritmo pausado de los relojes de la mansión, con el balanceo del péndulo y el tictac del segundero. Los días pasaban entre clases, paseos en solitario y la lenta y constante eclosión de la madurez en su interior. Jonathan era consciente de lo que estaba ocurriendo en él. Tenía sentimientos diferentes respecto a sí mismo y al mundo; los sabores, los aromas y los sonidos se le antojaban ahora más ricos, como si el espectro de sus sentidos se hubiera potenciado. Las ideas también se habían tornado más complejas, lo que antes le parecía fácil de entender en términos absolutos, ahora se mostraba con matices nuevos. A la luz de estos cambios, Jonathan se encontraba a sí mismo reflexionando sobre sí mismo y sobre su vida con frecuencia, y a causa de esto, sus decisiones y determinación se fortalecían.

Sus amigos pensaban que Jonathan se había vuelto más tranquilo, pero él no se sentía del todo así. Al menos, no siempre. Desde la noche de tormenta, le parecía que la tormenta vivía en su corazón, como si hubiera calado en él a través del agua y el viento. No era algo a lo que temer, sino un rugido lejano y cómplice que estallaría cuando él lo invocara, desencadenando toda su fuerza.

No dijo nada de todo aquello a sus amigos. Nadie podría entenderlo.

Nadie salvo él, claro.

Una tarde, el mismo día en que había despertado de las fiebres, fue a buscarle a la biblioteca. Su intención era contarle lo que ocurría con él y con la tormenta, decirle todo lo que estaba sucediendo en su interior, abrirle su corazón sin reservas, confesarle sus miedos y también, si era posible, su devoción. Le encontró sentado en una butaca, con los pies sobre un escabel. Igual que los gatos, Dio siempre encontraba el lugar más cómodo de cada estancia y lo ocupaba sin ningún complejo. Junto a él ardía la llama de una lámpara de aceite y entre los dedos tenía un ejemplar de Fingal que leía con la media sonrisa en los labios propia de quien comprende un chiste que nadie más puede ver. Le había oído llegar, estaba seguro, pero Dio no levantó la mirada hasta que Jonathan estuvo tan cerca que su sombra le cubría por completo. Solo entonces cerró el libro y, tras mirarle un instante, se puso en pie.

El fuego y la tormenta¡Lee esta historia GRATIS!