III.- Hermanos

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Londres, 18 de abril de 1880


La habitación estaba en penumbra. Bajo la luz titilante de una vela, el muchacho redactaba la carta con impecable caligrafía. De fondo podía escuchar las toses ahogadas de su padre.

—Livia... Livia...

En su delirio, Dario llamaba a su esposa. Dio miró sobre su hombro con desprecio.

«No tuviste ni una palabra cariñosa para ella en vida y ahora repites su nombre... ¿cómo te atreves? Cállate y muere de una vez. Muere arrepintiéndote, cabrón».

Pocos minutos antes, Dario había entregado a su hijo la carta de Lord George Joestar y le había confesado algunas cosas interesantes. El muy imbécil había contado con el apoyo de un noble adinerado y no había sabido aprovecharlo. Patético.

«Yo, Dio, no cometeré tus errores, padre», pensó mientras revisaba la respuesta que estaba redactando. Cuando estuvo satisfecho con el texto, dobló la página y la introdujo en un sobre. Lo selló con lacre y escribió la dirección.

—Livia...

Con un resoplido, Dio se levantó de la silla y se acercó a la cama, impaciente. Tomó el vaso de agua y, abriendo el pequeño envoltorio de papel que reposaba sobre la mesilla, vertió en él los polvos blancos. Removió el veneno con la cuchara y le acercó el vaso a los labios.

—Ten, esto te aliviará —dijo suavemente.

—Dio...

Los ojos vidriosos de su padre se clavaron en él, suplicantes, asustados.

No quería morir. Claro que no, ¿quién querría?

—Bebe.

El hombre obedeció, tragando el líquido bajo la atenta mirada de su hijo. Cuando este retiró el recipiente de cristal de sus labios, la respiración del viejo se aceleró hasta convertirse en un estertor silbante. Le habría gustado decirle que era él quien le estaba matando, pero incluso en aquel momento, tenía miedo.

«El miedo se irá cuando él desaparezca», pensó con convicción.

—Tengo que irme.

Dario alargó una mano trémula.

—No... no te vay...

No pudo terminar la frase. Un nuevo acceso de tos le interrumpió, esta vez salpicando las sábanas de sangre.

El muchacho salió de la casa para echar la carta al correo. Dejó que su padre muriera solo, únicamente acompañado de sus recuerdos.

Esperaba que fueran terribles.


. . .


A la atención de Lord George Joestar.

Mansión Joestar.

Honorable caballero:

Mi nombre es Dio Brando y soy el único hijo de Dario Brando. Me hallo en este momento en la difícil situación de comunicarle la muerte de mi padre, quien ha fallecido hoy 18 de abril a medianoche, tras una larga enfermedad que le ha tenido postrado en cama durante los últimos meses.

Desconozco las circunstancias de su amistad y la clase de vínculos que les unían, pero habiendo caído ahora en mis manos su correspondencia, he descubierto que fue usted el principal benefactor de mi familia durante doce años. Siento que es mi deber, ahora que mi padre nos ha dejado, agradecerle lo que hizo por nosotros.

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