Capítulo XXIV - Borrar el pasado.

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7 de noviembre de 1888

Inmóvil frente al Theatre Royal, escuchaba el sonido del piano. La melodía caía desde las ventanas abiertas hacia la calle, derramándose con un sonido cristalino y mágico. Las grandes puertas de madera del recinto permanecían cerradas. Las volutas talladas sobre sendas hojas estaban cubiertas de reciente pintura dorada y junto a estas, dos carteles anunciaban el concierto.

Mientras observaba los ventanales superiores, cansado y aturdido, pensó en cómo sería estar dentro. Imaginó que era su imagen la que había en aquel cartel. Que era su rostro el que se mostraba en esa fotografía turbia. Saboreó un momento la vida que ya nunca tendría y cuando el odio y la envidia empezaron a quemarle por dentro más de lo que estaba dispuesto a soportar, continuó caminando.

Haymarket bullía de actividad a esa hora tardía de la mañana. Entre los ociosos paseantes y los coches de caballos, el viento otoñal arrastraba las hojas marchitas, augurando un invierno prematuro. Se sujetó el sombrero y avanzó a buen paso por las calles enlosadas, con la maleta aferrada en la otra mano y la mirada huidiza. Londres seguía despertando en él los mismos sentimientos contradictorios; era un lugar familiar pero hostil, hogar de la mayor gloria y la más baja depravación. Así era aquella ciudad, tan grande que daba lugar a todo tipo de contrastes.

Mientras caminaba, calculó el tiempo que tardaría en llegar a su destino. Le esperaba una hora de trayecto a buen paso. Podía costearse un coche, pero prefería caminar, necesitaba tener los pies en el suelo en aquel momento, quizá más que nunca. Desde que salió de la mansión Joestar, sentía que el mundo había perdido consistencia a su alrededor. Ni siquiera las horas pasadas junto a Cecily habían logrado calmarle por completo.

—Vendrá a buscarte, lo sabes —había dicho la joven cuando se despidieron en la puerta.

Cecily. Su cabello revuelto. Sus ojos oscuros como pozos. ¿Podía confiar en ella?

—Haz lo que tengas que hacer.

—Te agradezco que no me obligues a guardar secretos.

—Como si pudiera obligarte a algo —había espetado él. Pero después había rectificado—. No me importa lo que le digas, pero solo hay una cosa que no debe saber: no le cuentes que me has traído la máscara de piedra.

Aquello era a lo que había quedado reducido su gran plan. Eso era todo lo que había obtenido tras años de preparación, de dudas, de sueños. Una estúpida máscara.

Había estado mirándola durante el viaje hacia Londres, contemplando la roca blanquecina y pulida, la extraña forma del objeto, su tétrico aspecto con esos colmillos extraños y los ojos huecos. Se la había pedido a Cecily porque sabía que, sin ella, Jonathan perdería la posibilidad de presentar su tesis, que sin el objeto en cuestión ya no valía nada.

Quería castigarle, vengarse, hacerle daño. Y solo se le había ocurrido eso.

«Patético. Lamentable», se decía, castigándose por su debilidad, por su falta de preparación. Estaba furioso con todos, pero también con él mismo. Odiaba sentirse tan afectado por los sucesos. Le había rechazado. ¿Cómo había podido? ¿Cómo había podido romper todas sus promesas así? Y él, ¿cómo había sido tan ingenuo de pensar que Jonathan le conocía de verdad, que aceptaba esa oscuridad que habitaba en su interior?

Se sentía estúpido e infantil. Y no encontraba un modo de herirle sin herirse a sí mismo. Comprendía con la misma frustración que le había sobrevenido en la infancia que hacer daño a Jonathan Joestar no era tan sencillo como él siempre creía. Y que nunca le dejaba del todo satisfecho.

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