Capítulo XIX - Soñar en una isla

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13 de septiembre de 1888


El exterior de la academia Hugh Hudson era una amplia extensión de césped salpicado ocasionalmente por parterres de flores, pequeños arbustos y hierbas silvestres que se arracimaban contra los árboles. Pasada la valla de piedra donde el portón metálico daba acceso a los carruajes, un camino arenoso discurría por las suaves colinas hasta la calzada principal y se alejaba, difuminándose.

Aunque no podía verlo desde su posición, más allá de la tercera colina se encontraba la mansión Joestar, justo a medio camino de la aldea costera.

Con un suspiro de impaciencia, Dio cruzó los brazos y se apoyó en el muro gris. Sacó el reloj de bolsillo y lo consultó una vez más. Era un reloj viejo y desgastado que en realidad no era suyo. Sonrió a medias al recordarlo.

—Siempre haciéndote esperar, ¿eh?

La voz burlona de Cecily resonó por encima de él. Levantó la cabeza y la vio, asomada a la ventana de uno de los despachos de los profesores como si fuera suyo. La llama desafiante que antaño danzaba en el interior de Cecily había aprendido a camuflarse. Pero Dio sabía que seguía allí, más fuerte que nunca. Era la única alumna de la Academia. Sus notas en medicina eran las mejores con diferencia y se había ganado a pulso el respeto de sus profesores y el miedo de sus compañeros. Una mujer lista haciendo cosas siempre daba miedo.

—Baja, anda. Si te sorprenden ahí adentro tu expediente no servirá de mucho. Te expulsarán de todas formas y acabarás casada con el enterrador de la aldea y pariendo a sus doce hijos.

—Mi sueño hecho realidad.

—Por lo del enterrador, supongo.

—Por supuesto.

La muchacha se aupó al borde de la ventana, hizo pasar las piernas con facilidad y se dejó caer con un revoloteo de faldas. Dio la cogió en el aire y la depositó en el suelo con la naturalidad de la costumbre. Ella se estiró la ropa y recolocó su peinado, después le dedicó una sonrisa entusiasta e inquietante.

—Hoy hemos hecho que un cadáver se mueva.

—¿Cómo?

—Lo que oyes. El doctor Pemberton ha traído un aparato extraño y ha abierto el brazo de un cadáver. Ha colocado dentro dos varillas metálicas y al activar el aparato, el cadáver ha movido los dedos.

Dio entrecerró los ojos.

—¿Cómo es eso posible?

—Galvanismo, querido. No es más que una teoría, pero hace unos años se probó en Glasgow y los experimentos prosiguen. Es posible que podamos devolver la vida a los muertos. —Aquella afirmación habría despertado todo tipo de exclamaciones y reproches morales en otra persona. Dio se limitó a levantar la ceja con escepticismo—. Qué, ¿no lo crees?

Él se encogió de hombros.

—Los muertos nunca se van, de todas maneras.

—Cierto. Pero si pudiéramos devolverles a la vida físicamente al menos podríamos gritarles o golpearles, en lugar de sufrir con impotencia su acoso.

El joven exhaló una risa árida.

—A veces das miedo, ¿lo sabías?

—Me lo dicen mucho. Pero no creo que a ti te asuste en absoluto.

Dio no respondió. No hacía falta. La muchacha se apoyó en la pared a su lado y juntos aguardaron, compartiendo el silencio y la compañía mutua hasta que los pasos apresurados de Jonathan rompieron la tranquilidad. El joven apareció por una esquina con la respiración acelerada y una disculpa en los ojos.

El fuego y la tormenta¡Lee esta historia GRATIS!