VII.- Lazos

422 59 15


10 de septiembre


Jonathan estaba abrumado. Todavía no había conseguido anudarse el lazo de tan nervioso como se encontraba.

Algunos amigos y compañeros de negocios del señor Joestar habían acudido de visita a la mansión. Era la primera vez que Jojo iba a compartir mesa con los socios de su padre, y le aterrorizaba la idea de decepcionarle.

Pocas horas antes, George había reunido a sus dos hijos en el despacho para darles instrucciones.

—El señor y la señora Evergreen son los barones de Glastonshire —les explicó—. Lord Ward, mi viejo amigo Christopher, es casi como si fuera de la familia, así que podéis llamarle simplemente «Lord Ward». Lord Parrish y Lady Camilla Wright son bastante mayores. Ella está un poco sorda, así que habladle siempre por el oído izquierdo. Vendrán también Donald Spencer, su esposa Elisabeth y sus hijos, Dorian y Mary, de catorce años. Donald es abogado, no tiene ningún título nobiliario, ni tampoco su esposa, pero debéis tratarles con la misma educación y cortesía que a los demás, ¿entendido, Jojo?

Dentro del despacho, Jonathan había asentido con seguridad, pero ahora estaba empezando a entrar en pánico. No se acordaba de nada. Ni siquiera de los nombres de los invitados, y mucho menos de sus títulos.

«Seguro que sale mal. Volveré a tirar la copa de vino, o algo peor. Dios mío, no voy a ser capaz...».

Trató de anudar de nuevo el corbatín, sin éxito. Frustrado, se arrancó el lazo del cuello y apoyó las manos en el cristal del espejo.

—No es para tanto, Jojo. Tranquilo... Tranquilo... —se dijo en voz alta.

Tomó aire lentamente, llenándose los pulmones y exhalándolo después. Repitió la operación varias veces y consiguió sentirse un poco mejor.

Cuando la puerta se abrió de golpe, su alivio fue casi completo. No necesitó darse la vuelta para saber de quién se trataba: solo había una persona en aquella mansión que entrara a su cuarto sin llamar.

—¡Dio! Menos mal que estás aquí —exclamó.

Su hermano enarcó la ceja, indiferente ante su entusiasmo.

—Sí, soy un ángel caído del cielo. ¿Qué haces aún a medio vestir?

Dio ya estaba listo y lucía tan perfecto como siempre. Jonathan le miró con admiración. Quizá el color de su traje —burdeos oscuro, muy adulto— era un poco atrevido, pero había que admitir que le sentaba bien. Su corbata estaba impecablemente anudada, su rostro parecía una máscara de porcelana y su pelo parecía limpio y bien peinado. Era la suya la planta de un joven caballero a la altura de las circunstancias. No como él.

—No puedo ponerme esta maldita cosa —explicó señalando el corbatín desesperadamente—. Se me han olvidado los nombres de todos, no sé quién era el dueño de las minas y quién el abogado... ¡Por favor, ayúdame! —Terminó su alegato con una grave reverencia.

Dio suspiró, ladeando la cabeza igual que un gato.

—Ante todo, cálmate. Esas personas no son más importantes que tú. No deberías sentirte intimidado.

Jojo frunció un poco el ceño. No entendía muy bien ese argumento.

Su hermano se acercó y agarró la banda de seda negra que él había dejado sobre la cómoda. Le observó fijamente, evaluándole.Sus ojos exhibían una mirada fría pero tranquila. A continuación, le colocó el cuello de la camisa y deslizó el lazo oscuro en torno a este, anudándolo con precisión, mientras Jonathan trataba de mantenerse muy quieto y no cambiar el peso de pie.

El fuego y la tormenta¡Lee esta historia GRATIS!