VI.- Lo que el futuro nos depara

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Finales de agosto, año 1883

Atardecía. El sol se deslizaba por el firmamento, tiñendo las nubes de dorado. A través de los ventanales de la biblioteca, Jojo contemplaba el cielo, deleitándose con los cálidos colores del otoño. Tenía delante el libro de historia, abierto por la mitad, olvidado. La Antigua Roma no carecía de interés para él, en los últimos tiempos había encontrado una inesperada pasión en aquellas materias que se ocupaban de civilizaciones pasadas, pero... Los campos al atardecer, la hermosa puesta de sol, las copas de los árboles que ya comenzaban a amarillear... Eran reclamos demasiado fuertes para un joven soñador.

Con un suspiro, apoyó la barbilla en el puño. Se imaginó cruzando la pradera a lomos de Mercurio, su caballo, sintiendo la brisa en el rostro, o jugando al rugby en el valle. Aquel había sido un verano maravilloso y los recuerdos amables volvían a él, teñidos de risas y rayos de sol tibio. Aún quedaban algunos días brillantes, tardes agradables como aquella, que invitaban a apurar cada momento antes de que el otoño apagara poco a poco la luz y el invierno enterrase la campiña bajo su manto nevado. «Pero no puede ser —se dijo—. Tengo que atender mis deberes ante todo, eso es lo que significa ser un caballero».

Armado de resignación, iba a volver a su tediosa tarea cuando escuchó los pasos a su espalda. Antes de que pudiera darse la vuelta, una sombra cubrió las páginas del libro y una mano se apoyó sobre él, dando un pequeño golpe.

—Si tantas ganas tienes de salir, hazlo.

Jojo miró por encima del hombro. Al ver el rostro de su hermano, una sonrisa franca y espontánea curvó sus labios.

—¡Dio! ¿Acabas de llegar?

El muchacho rubio no respondió, nunca respondía a las obviedades.

—Llevo un rato aquí. —Rodeó la mesa y se sentó frente a él, cruzando una pierna sobre otra y apoyando el codo en el respaldo de la silla—. No te has dado cuenta, estabas demasiado ocupado mirando por la ventana como si fueras un prisionero.

Jonathan rió sin hacer caso al ligero matiz de acusación con el que Dio había adornado su comentario. Este, haciendo un movimiento airoso con los dedos, apartó un mechón de cabello trigueño de su rostro y con la otra mano le tendió una octavilla de papel. Jojo la cogió, confundido.

—¿Qué es esto?

—No me preguntes. Lee.

—«Feria ambulante» —leyó él, obediente—. ¿Hay una feria?

Su hermano resopló con impaciencia.

—Está a las afueras del pueblo.

Jonathan miró al otro chico por encima del borde del papel. Esperó a que añadiera algo, pero este no dijo nada más. Simplemente seguía observándole.

—Tal vez podríamos... —empezó a decir Jojo. La media sonrisa en los labios del rubio le confirmó que era exactamente lo que estaba esperando—. No sé. Tengo que terminar este tema. Voy con retraso.

—¿Cuánto te falta?

—Uh... —Jonathan pasó las páginas, contando demasiadas. Se mordió los labios con frustración. El atardecer se desvanecería, y también la feria—. Da igual, mejor ve sin mí. Seguro que Lucas y los demás están disponibles, no quiero q...

—Jojo, responde. —El muchacho alzó la mirada, sobresaltado. La de su hermano era intensa, su voz, imperativa—. ¿Cuánto te falta?

—Dieciséis páginas —admitió.

Dio suspiró con hartazgo y agarró el libro. Leyó las páginas por encima, como si no le costara nada seguir el hilo. Luego lo cerró y lo dejó sobre la mesa.

El fuego y la tormenta¡Lee esta historia GRATIS!