I.- Niebla y tempestad

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Londres, 1878


—Jaque mate.

La voz infantil declaró el final de la partida. Lo hizo en un tono serio y maduro que no parecía corresponderse con su edad.

—¿Qué has dicho?

El hombre frente a sí le miraba, incrédulo.

—Lo que has oído.

La taberna estaba ubicada a pocas manzanas del puerto. Al entrar, un fuerte olor a tabaco, cerveza y cebollas anunciaba lo que uno podía esperarse de un sitio como ese. Los candiles proyectaban una luz ocre y turbia que coloreaba el humo suspendido en el aire. Entre los claroscuros se dibujaban las siluetas de los trabajadores del puerto, acodados en la barra y agrupados alrededor de las mesas; hombres fornidos, sucios de sal y carbón.

Al fondo del tugurio, Dio Brando estaba sentado en una mesa de madera con el barniz desportillado. Frente a él se encontraba el tablero de ajedrez, y más allá, su rival: un joven con pinta de estudiante y aspecto de tener más dinero en los bolsillos de lo que él podría ver en toda su vida. Seguramente había acabado allí buscando aventuras y emociones. Un hombre afortunado, que con toda seguridad tuvo una vida fácil.

La clase de persona a la que Dio detestaba.

—Es imposible —gruñó el estudiante—. Seguro que aún puedo hacer algún movimiento.

—Inténtalo.

El niño aguardó. Tenía los dedos finos y elegantes, la tez clara, el pelo rubio y los ojos rasgados, de un inusual color ámbar rojizo. Aunque se comportaba como un adulto, hacía apenas cuatro meses que había cumplido los diez años. El hombre que se sentaba frente a él podría ser su padre. No solo por la edad, sino por lo fuerte que le golpeó al darse cuenta de que había perdido la partida.

Dio ni siquiera vio venir la enorme y rápida mano que se estrelló contra su cabeza, aplastándola sobre el plato de insípido puré.

—¡Niñato engreído! Te crees mejor que los demás, ¿eh?

«Bastardo».

Intentó apoyar las manos en la mesa. Al hacerlo, golpeó el tablero sin pretenderlo. Las fichas de marfil cayeron al suelo, saltando por todas partes, y algunos parroquianos, que eran testigos de la escena, rieron y las patearon descuidadamente, tragando cerveza. Intentó forcejear, pero solo consiguió que el hombre apretara su nuca con más fuerza, agarrándole por el cabello.

—Soy un hombre justo. Te pagaré lo que aposté. Pero esto también te lo llevas —dijo el estudiante, soltando una carcajada antes de obligarle a hundir más el rostro en la comida.

El muchacho tensó la mandíbula, manteniéndose rígido mientras trataba de contener el estallido de furia. ¿De qué le serviría toda aquella rabia en aquel momento? Ese hombre era mucho más fuerte que él, no podría vencerle. Desde muy pequeño había aprendido que en esos casos, la resistencia solo conducía a un mayor dolor. Así que esperó a que le soltara. Si no se movía, no duraría mucho.

Cuando al fin la pesada mano liberó su pelo, se incorporó, limpiándose el rostro y el desgastado traje con un pañuelo de tela y mucha dignidad. Su oponente chasqueó la lengua, mirándole con desprecio.

—Críos... no valéis para nada.

Dejó caer unas monedas y luego se dirigió a la barra, entre las carcajadas y alardeos de los trabajadores, que ahora esperaban que les invitara a una ronda. Dio sentía los ojos burlones de aquellos hombres sobre él, sus risas y sus palabras desdeñosas le quemaban bajo la piel y en la misma sangre.

El fuego y la tormenta¡Lee esta historia GRATIS!