XIV.- Canción de invierno

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30 de noviembre

Dos días más tarde llegó la primera nevada, anunciando la llegada del invierno. El frío se abatió sobre la aldea haciendo que los barcos de los pescadores se escarcharan en el puerto; el mar se enfrió y los tejados y ventanas se cubrieron de blanco. Casi todas las familias del pueblo recibieron aquello como una señal de futura prosperidad, pero no fue el caso de Lucas.

—Se dice que la nieve temprana atrae la riqueza —le dijo su padre al ver su semblante grave mientras los copos se arremolinaban tras el cristal—. Anímate. Eres demasiado joven para arrastrar contigo tanta melancolía.

Las amables palabras de Henry Beechworth no fueron suficientes para calentar su espíritu. Ciertamente, la inquietud se había instalado en el corazón de Lucas dos días atrás. Aún no estaba seguro de cual era la causa. No sabía qué había visto exactamente en la mirada de Dio, ni tampoco por qué se había revelado ante él con tanta claridad su naturaleza de manera intuitiva, sin señales claras ni pruebas fehacientes. Los argumentos de Jonathan aquella tarde, cuando discutieron junto al río, eran difíciles de discutir, pues estaban respaldados por la razón. Él, por su parte, solo tenía impresiones y una continua sensación de peligro sobrevolando su alma. Se sentía acechado, vigilado. Por las noches tenía extrañas pesadillas sin significado alguno en las que la oscuridad susurraba su nombre en una voz femenina. Y al despertar, continuamente volvía a presentarse ante él como en destellos la mirada serena y gélida de Dio Brando, en un recuerdo tan vívido que a veces le hacía estremecerse de miedo. Ni siquiera entonces, aquella mañana blanca y fría, mientras se encontraba sumergido en el trabajo, podía apartar de sí aquella oscura sombra.

Una luz lechosa y pálida penetraba por las amplias ventanas del despacho, ubicado en la última planta del edificio que pertenecía a su familia. El suelo y los muebles eran de madera rojiza, austeros pero hermosos, de excelente factura. Su padre los había comprado en Francia, en un acto de vanidad con el que Lucas no estaba muy de acuerdo, pero ¿quién era él para juzgar los pequeños caprichos de un hombre tan bueno? Henry Beechworth era uno de los arquitectos más reputados de la región, requerido con frecuencia por grandes lores y señores, así como por el propio gobierno para diseñar edificios, caminos y puentes.

Lucas se encontraba sentado en la alta silla, observando con aire nostálgico los planos. Estos estaban abiertos sobre la mesa de trabajo, aguardando, limpios e inmaculados. Su función como ayudante en aquel proyecto era repasar con tinta las precisas líneas ya trazadas y secar el exceso sin cometer errores. Era un trabajo fino y tremendamente delicado. Suspirando, mojó la plumilla en el tintero y colocó la regla de madera sobre el pliego. Dejó correr un par de gotas oscuras en el plato de cerámica para descargar la punta de la plumilla y comenzó con su labor en silencio.

«Ojalá pudiera volver atrás», pensaba amargamente. Sin embargo, no recordaba una sola época de su vida en la que no hubiera sentido amargura, miedo o preocupación. Salvo, tal vez, los primeros años de amistad con Jonathan Joestar.

Durante los últimos años había sufrido calladamente el dolor de su amistad con Jojo, ocultando su anhelo por él a través de una distancia que se imponía a la fuerza. Desde que se habían conocido, Lucas había sabido que su corazón se inclinaba irremediablemente hacia él. Incluso cuando eran más niños, siempre fue consciente de cuánto deseaba su amistad, de lo mucho que le necesitaba, de lo importante que era para él ver su rostro, escuchar su voz, sentir su afecto en palabras y gestos. Aun así, nunca lo buscó, ni mucho menos lo exigió. Mantuvo aquellos deseos encerrados y ocultos, comportándose como correspondía a su mayor edad y experiencia. Trató de ser un buen amigo, de tutelar y de guiar al chico en todo cuanto le fue posible sin quebrar jamás aquel muro que había alzado. La llegada de Dio le permitió entablar amistad con alguien a quien podía al fin considerar un igual, pero su relación con él nunca llegaba a ser profunda. Siempre tuvo la sensación de que ocultaba cosas.

El fuego y la tormenta¡Lee esta historia GRATIS!