XI.- Sol de septiembre

717 63 21


29 de septiembre

Al día siguiente, Jonathan despertó en una cama que no era la suya. Aquello lo supo de inmediato. La orientación del cabecero no era la misma, ni tampoco la ubicación del ventanal. Abotargado, con la sensación de estar entre arenas movedizas, abrió los ojos dificultosamente y poco a poco, tomó contacto con la realidad. Las cortinas estaban abiertas y a través del vidrio penetraba la pálida claridad de la mañana.

«¿Dónde estoy...?».

Había dormido profundamente, sumergido en una oscuridad sin sueños. A pesar de todo, el agotamiento no le había abandonado por completo y notaba su mente pesada y torpe, como si tuviera la cabeza rellena de algodón. Recorrió el entorno con la mirada pero no reconoció el lugar.

«Debe ser el cuarto de invitados», pensó, pasándose una mano por la cara con pereza, tratando de arrancarse las telarañas del sueño. Giró el rostro y la tela de la almohada acarició su mejilla. Fue entonces un sutil aroma le cosquilleó en la nariz, un olor que conocía y que podría reconocer en cualquier parte. Resina, madera, canela. Como si aquel perfume fuera un hilo del que tirar, los recuerdos llegaron en forma de avalancha y pasaron ante él a toda velocidad; escenas fugaces como hojas arrancadas. La tormenta. El rayo que incendió sus cortinas. La carrera desesperada entre la lluvia. El grito que rompió en su pecho. La angustia. El trueno.

Y después...

«Oh, dios mío».

Se sentó de golpe, abriendo mucho los ojos y observando alrededor.

«Es su habitación».

Era una alcoba similar a la suya, aunque con las cortinas rojas en vez de azules. Del fuego que ardía en la chimenea ya solo quedaban las brasas. Junto a esta había una alta estantería llena de libros y más allá, un escritorio de madera oscura y pulida. No había ningún objeto personal a simple vista: ni ropa ni accesorios, nada. En las estanterías y las paredes solo había libros y trofeos, ningún recuerdo de infancia.

Salió de la cama cautelosamente. Al poner el pie en la alfombra, se dio cuenta de que estaba completamente desnudo a excepción de su ropa interior. Sonrojado de vergüenza, corrió a buscar su ropa que encontró seca, colgada del biombo. Se vistió a toda prisa, sofocado. Una vez lo hubo hecho, se sintió un poco más entero y comenzó a pasearse por la habitación con el corazón dividido entre la curiosidad y la inquietud.

Era extraño estar a solas en la habitación de Dio. Suponía que, antes o después, él entraría, y no estaba muy seguro de qué hacer. Indeciso, se acercó a la estantería y pasó el dedo sobre el lomo de los libros, leyendo los títulos. En tres años, su hermano se había hecho con su propia biblioteca en miniatura, y allí coleccionaba volúmenes de todo tipo: tratados, novelas, estudios, ensayos... Algunos tenían nombres de lo más extraños, en latín y griego. Otros eran ediciones modernas de novela o poesía, de cubiertas duras y títulos en inglés con letras grabadas en dorado.

La noche anterior, Dio se había marchado precipitadamente. Jonathan había esperado su regreso durante mucho tiempo, pero él no volvió. Finalmente, se había metido en la cama. Quería aguardar despierto pero no pudo. El agotamiento le arrastró y cayó dormido a los pocos minutos.

«No volvió —se repitió, algo triste—. Si lo hubiera hecho, yo lo sabría. Eso creo».

Se tocó los labios, perdiendo la mirada con aire soñador. La noche pasada, él, Jonathan, le había besado.

No se arrepentía. Aquel beso había sido sincero, un grito de su corazón. Puede que no hubiera sido un gesto muy caballeroso, ciertamente. Puede que Dio fuera su hermano adoptivo, y por lo tanto, familia. Puede que ambos fueran chicos. Pero nada de eso le parecía una razón de peso para sentirse mal al respecto. No, no se sentía mal en absoluto.

El fuego y la tormenta¡Lee esta historia GRATIS!