Interludio

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Principios de junio, 1884


La noche era clara y cuajada de estrellas. En el aire perfumado con el aroma de las flores del jardín resonaba el canto sutil de los grillos. El verano se acercaba y la explosión de vida que traía consigo era evidente incluso a aquella hora, pasada la medianoche.

En el interior de la mansión, el servicio dormía apaciblemente en sus alcobas del ala sur. Lord Joestar, con la almohada tras su espalda, pasaba las páginas de un libro a la luz del candil, desvelado a causa del calor.

Al otro extremo del corredor, en la última habitación, ellos tampoco dormían.

Las sábanas estaban revueltas. Sobre ellas, los dos jóvenes se abrazaban con codicia, besándose desesperadamente.

La única vela encendida proyectaba una luz brumosa que arrancaba reflejos cobrizos al cabello de Jonathan. Dio contempló aquel efecto unos segundos, abriendo los ojos en mitad del beso apasionado que compartían, y luego los volvió a cerrar, dejándose embriagar por su sabor a menta y té negro.

Estaban tumbados en la cama, a medio desvestir. Jonathan, tendido debajo de él, solo llevaba puestos los pantalones de montar. Dio tenía un brazo aún metido en la manga de la camisa. La corbata, con el nudo deshecho, colgaba a ambos lados de su cuello. Se había sentado a horcajadas sobre la cintura de su compañero y le asediaba con besos hambrientos, sujetando su mano contra la almohada mientras con la otra recorría aquel torso duro y musculoso que ya empezaba a conocer a la perfección.

Mientras le besaba profundamente, enredando la lengua en la suya, cerró los dedos para arañar su pecho. Al llegar donde quería, le pellizcó un pezón con algo de fuerza.

—Ah... Dio...

Aquel gemido. La curvatura perfecta de la espalda cuando él se arqueó. El ceño fruncido que intuía, aunque no pudiera verlo. El calor que les envolvía.

Eso era lo que deseaba. Lo que siempre había querido. Todo.

La voz de Jonathan, abandonada y rendida. Su perfume. Su sabor. La textura de su piel. Su imagen gloriosa. Su cuerpo, su alma, su mente, su corazón, eso era lo que deseaba, lo que siempre había querido, todo.

En aquel momento, a solas en la habitación, no tenía por qué engañarse. No le quedaban ya excusas, tampoco razones para usarlas. Podía tomarlo todo, tenerlo todo, apartar las máscaras y conquistar su premio, arrebatarlo para sí.

«Él es mío. Me pertenece», pensó, profundizando aún más en su boca con autoridad.

Entonces todo cambió.

Sin previo aviso, el mundo se volvió del revés. Sintió la intensa calidez de su cuerpo empujándole, la fuerza incontestable de sus manos, y se vio arrastrado hacia un lado. Rodó sobre el colchón, confuso, aunque sin separar la boca de la de él. Al instante siguiente, se encontró tumbado, con el peso de Jonathan sobre sí. Ahora era su mano la que sostenía la suya contra la almohada, era su boca cálida y viril la que exploraba sus labios con intrepidez. Eran sus dedos los que descendían por su pecho en una caricia sensual que hizo que su cordura se deshiciera poco a poco.

¿Desde cuándo besaba Jonathan de esa manera? ¿Desde cuándo le tocaba así? ¿Desde cuándo era tan irresistible?

No lo sabía.

Había acudido esa noche a su habitación, después de la cena, para recuperar el libro de Melmoth, que había olvidado allí durante la tarde. Jonathan le había recibido con el torso desnudo, secándose el cabello húmedo con una toalla. Sobre su cuerpo aún estaban las marcas de su último encuentro: mordiscos y pequeñas huellas de pasión se alternaban con otras señales amoratadas, causadas por los golpes que recibía jugando al rugby.

El fuego y la tormenta¡Lee esta historia GRATIS!