XVII.- El chico de Londres

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Junio de 1884

El despacho del señor Henderson tenía la ventana abierta de par en par. A través de ella se filtraban el gorjeo de los pájaros y el rumor del mar, que se entremezclaban en una única melodía, y un fragmento del cielo limpio se dejaba ver. Jonathan, sentado delante de la mesa de su profesor, se mantenía erguido obligándose a tener la vista al frente y no desviarla hacia la ventana, desde la cual el exterior le llamaba con insistencia.

La verdad: deseaba salir de allí cuanto antes. Pero no le quedaba más remedio que esperar.

Los otros tres chicos aguardaban igual que él, formalmente sentados. Solo Dio había adoptado una pose algo más extravagante, con una pierna cruzada sobre la otra y el brazo por detrás del respaldo. Jonathan no llegaba a comprender cómo podía tener esa actitud desenfadada ante todo y ante todos, incluso en un momento tan importante como ese, pero de alguna manera le parecía ya casi normal en él.

Y es que era un momento importante. Aquella tarde, en ese mismo despacho, se decidía su futuro.

—Bien... —comenzó el señor Henderson con una de sus habituales toses—, iré al grano. Les he hecho llamar porque sus calificaciones son las más altas de toda la escuela. Es evidente que ustedes cuatro destacan entre los demás. Sus exámenes han sido casi perfectos. Los cuatro han obtenido las mejores notas. Y Burnfield, como primero de la clase, además suma una mención de honor.

Los muchachos se miraron entre sí. Incluso Burnfield parecía haber dejado atrás el rencor y compartió una sonrisa con Jonathan, que se sintió aliviado. Pero quien más contento parecía era Archibald Penrose, el hijo del deshollinador.

—¿Eso significa que podré optar a una de las becas de la Reina? —preguntó entusiasmado.

—Así es, joven. Y por supuesto, escribiré para recomendarles. A los cuatro —agregó alzando la vista hacia los demás.

—Gracias, señor Henderson —dijeron casi al unísono.

La conversación se interrumpió con una nueva tos.

—Muy bien, muy bien... entonces, díganme, ¿dónde desearían cursar sus estudios superiores? Hay muchas academias y universidades de prestigio en la zona, pero tal vez quieran probar en Oxford o Manchester...

—Nosotros iremos a la Hugh Hudson —declaró de inmediato Dio, antes de que Jonathan pudiera abrir la boca.

—Yo también —dijo Burnfield después—. Voy a estudiar leyes.

Jonathan miró de reojo a su hermano, que permanecía indiferente. En la Academia, Burnfield lo tendría mucho más difícil para superarle. Sin él en clase, Dio no tendría razones para contenerse. Sabía cuán tenaz podía ser su hermano cuando había rivalidad de por medio. ¿Hasta dónde sería capaz de llegar para aplastar la vanidad de Burnfield?

«No, yo estaré allí, estaré cerca. No dejaré que se pase de la raya».

—¿Y usted, señor Penrose?

El joven miró a su profesor con confusión.

—La... la verdad es que no lo he pensado. Nunca creí que pudiera hacerme ilusiones al respecto.

—¿Qué te gustaría estudiar? —preguntó amablemente Jojo.

Archie le caía bien. Era un chico agradable, amable, que nunca se metía con nadie y siempre intentaba ayudar. Vio que se pellizcaba la tela del pantalón con cierta ansiedad.

—Siempre he soñado con ser naturalista, como Darwin, pero no estoy seguro de tener una vocación. Tendría que pensarlo...

La mirada desdeñosa de Burnfield no pasó desapercibida para Jonathan, que intercedió, tratando de que Archie no se diera cuenta.

El fuego y la tormenta¡Lee esta historia GRATIS!