XV.- Compromisos

590 48 32


31 de diciembre

La tarde púrpura se apagaba lentamente para dar paso a la última noche del año. La luz del sol se difuminaba en el firmamento violáceo y al mismo tiempo, las ventanas de la mansión Joestar se iluminaban con el resplandor dorado de las velas. La nieve que el mediodía había dejado cubría los tejados y los alféizares de las ventanas, los setos del jardín y las copas de los árboles.

En el interior, todas las chimeneas estaban encendidas. Sobre ellas, coronas de ramas y flores decoraban la pared, adornadas con piñas y ramas de acebo. Ramilletes de muérdago colgaban de cada puerta por iniciativa de los sirvientes en un intento por conseguir que Betty y Edward formalizaran su compromiso.

—Unas flores y unas cuantas palabras, bah... eso se lo lleva el viento —había dicho Madeleine cuando la joven le contó lo ocurrido días atrás—. Si no ha hablado de matrimonio es como si no hubiera hablado de nada.

—¡Pero Madeleine...! —protestó Betty.

—¡A callar! Hazme caso, que ya soy vieja.

Toda la casa olía a madera perfumada, a pino y a cera. Las velas ardían en cada estancia, reflejándose en los espejos y tiñendo las paredes tapizadas con un suave tono cálido. Las cuadras estaban cerradas para que los caballos se mantuvieran a resguardo del frío. Edward, que había ido a visitarlos, les ofrecía manzanas, convencido de que ellos también tenían derecho a celebrar el fin de año. Entretanto, en la cocina, Edmund horneaba el pavo, preparaba almíbar y colocaba los platos en las bandejas, ayudado por Rose.

Así se despedía la tarde. Las voces de los sirvientes resonaban, alegres, mientras desempeñaban sus quehaceres; se extendían en murmullos bajo los altos techos de la mansión junto al dulce sonido del piano y las canciones que provenían de la sala de música.

Allí las velas ardían con entusiasmo y Lord Ward encadenaba los acordes con cierta lentitud debida a la falta de práctica. Entonaba con claridad, acompañado por Lady Marguerite y su hija Cecily, las invitadas de aquella noche. Estas parecían conocer la canción a la perfección y cantaban realmente bien, pese a su marcado acento.

Una vez terminada la pieza, todos aplaudieron y felicitaron a los intérpretes.

—Disculpad, he perdido mucha agilidad —se justificó Lord Ward poniéndose en pie. El señor Joestar le palmeó el hombro amistosamente.

—Tonterías. Ha sido espléndido, Christopher. A la altura de nuestras queridas invitadas, sin duda.

Lady Marguerite exhibió una enigmática sonrisa y, ocupando el lugar de Lord Ward ante el piano, comenzó a entonar una nueva canción, exótica y misteriosa, acompañada por su hija.

—Qué música tan extraña —comentó Jonathan a su hermano a media voz. Ambos permanecían en pie junto a una pequeña mesita con refrigerios.

—Es francesa —explicó Dio—. Allí son menos tradicionales. Les gusta innovar.

—No sé si me agrada. Me parece un poco rara.

—Lo nuevo y diferente siempre provoca incomodidad. Intenta dejarte llevar —repuso su hermano, agitando su copa de jerez.

A Dio no le gustaba el alcohol y evitaba tomarlo siempre que era posible. No bebía más de una copa de vino con las comidas, y solo cuando el señor Joestar estaba presente. Por esa razón, el contenido de su vaso no había disminuido desde que se lo sirvieron; se limitaba a hacerlo bailar dentro del vidrio y mojarse los labios de vez en cuando con expresión reservada.

El fuego y la tormenta¡Lee esta historia GRATIS!