Capítulo XXI.- Abrir los ojos

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18 de septiembre de 1888

Cuando llegaron a la mansión, la noche lo había engullido todo. El viento arreciaba, haciendo que las ramas se curvasen y las hojas de los árboles que horas antes eran gentilmente acunadas, fueran ahora arrancadas sin piedad alguna. Al entrar, Fergus acudió a recibir a los dos muchachos, recogiendo sus abrigos y pertenencias.

—Lord y Lady Ward esperan en el salón verde junto con la señorita Cecily —anunció con formalidad—. Les recomiendo no entretenerse demasiado.

—Gracias, Fergus. Espero que no se haya pospuesto la cena por nuestra causa.

El anciano mayordomo sonrió.

—No más de lo habitual, señorito Jonathan.

Dio sonrió a medias cuando el viejo se alejó. Fergus tenía a veces cierto humor ácido que le gustaba. Por desgracia, la mayor parte del tiempo era poco más que un siervo gruñón y poco agraciado. Jonathan parecía algo apesadumbrado por su comentario, así que le dio una fuerte palmada en la espalda.

—No le hagas caso. Vamos, apresurémonos.

Se pasó los dedos por el pelo para ordenarlo antes de entrar al salón donde el resto aguardaba. Los invitados se pusieron en pie para saludarles, Cecily con total indiferencia, el resto con una sonrisa cómplice en los labios, incluido lord Joestar.

—Bienvenidos, hijos míos. ¿Tenemos que felicitaros ya, o todavía no?

—¿Qué?

Jonathan se había puesto blanco y tenía la misma expresión que si le fueran a llevar al patíbulo. Dio tuvo que aguantarse la risa.

—El partido —aclaró Cecily.

—¡Ah! No..., es decir, hemos ganado pero aún tenemos que jugar las finales.

—No importa, habéis batido a Hillsbridge —se jactó Lord Ward con su habitual entusiasmo—, eso ya es motivo de orgullo, si se me permite decirlo.

—Mi querido Christopher, los años de rivalidad contra Hillsbridge quedaron muy atrás, pensaba que ya lo habías superado —le provocó Lord Joestar.

—Si hay algo mejor que celebrar el triunfo del amigo es gozar del fracaso del rival.

La ardiente declaración del señor Ward arrancó una risa general a todos los asistentes. El amable caballero rara vez se expresaba con tanta vehemencia, pero a Dio le pareció muy acertada aquella frase.

La cena fue amena y placentera. Edmund, el cocinero, preparó asado de ternera, pudding de Yorkshire y verduras variadas que tomaron junto a un vino tinto español. Este hizo las delicias de Lord Ward, aunque Lady Ward prefería otro tipo de licores. Pero no lo hizo notar. Realmente, nadie lo diría por la rapidez con la que bebía.

—A veces aún echo de menos Francia —suspiró, tragando el último sorbo—. Espero que este verano podamos regresar. Al menos durante un mes.

—Lo haremos, querida. ¿Querrás venir, Cecily?

La muchacha partió un trozo de verdura entre los dientes, sosteniendo el tenedor con exquisita elegancia antes de responder:

—Por supuesto que no. Cuando termine la carrera voy a tener mucho que hacer, y alguien tiene que cuidar de la mansión mientras vosotros deambuláis por Montmartre soñando con ser bohemios y tratando de revivir la juventud perdida.

Cualquier familia normal se habría escandalizado ante semejante respuesta por parte de una joven que debía ser discreta y complaciente, pero Lord y Lady Ward se limitaron a reír, este último mirando a Dio con complicidad.

El fuego y la tormenta¡Lee esta historia GRATIS!