25.

14 de Mayo: A las puertas de casa.

—¿Seguro que estás bien? Sigues bastante pálida.

—Llevo esperando esto desde que tenía seis años, es normal que esté histérica. De hecho necesito un cigarrillo. Ya.

—Vas a tener que dejar de fumar, ¿no?

—Por eso lo necesito ahora y no cuando entremos. Mi último cigarrillo. Adiós a todas mis probabilidades de contraer cáncer de pulmón.

—Espera, quiero una sacarte una foto. A tu último cigarrillo.

—Si el mnemox no se te ha manifestado ya es que no lo vas a tener, así que déjame fumarme el cigarrillo tranquila y métete la cámara por el culo.

—Yo... da igual. Es sólo por tenerla. Tu último cigarro, hay que recordarlo.

—¿Y qué más me da si luego te las quedas todas tú? Necesitas ayuda profesional, en serio. No sé quién te va a psicoanalizar cuando yo no esté, pero deberías pensar en ello.

—Ya.

Trece días después y todavía se le erizaba el vello de la nuca al pensar en la sensación electrizante de dar los primeros pasos más allá de la Puerta, después de horas de pinchazos, camillas y pruebas que la hicieron tener que morderse la lengua, no fuera que llamase de todo al doctor que la atendió y terminasen rechazándola por problemas psiquiátricos. La mayoría de los tests eran los mismos que tuvo que hacerse cuando se registró en el sorteo, sólo para ver que no había contraido ninguna enfermedad durante esos años. Pensó a cada paso que nunca volvería a pisar aquel país que no era un país. Y en sus sueños sobre cómo sería aquel momento, nunca se había imaginado llorando por Suburbia. Tal vez Aedan sí, porque en cuanto dejaron de abrirse y cerrarse puertas blindadas, eternas, a través del Muro y dentro de la Franja, en cuanto salieron a un espacio abierto, se acercó a ella y la abrazó con torpeza, como si hubiera sabido que lo necesitaba. Entonces Klio se había permitido llorar un poco más, por la hermana Gertrude y por Jen, y por el trabajo que ya no tenía y la ciudad llena de espejos que no iba a volver a ver. Después se dio cuenta de que aquello era lo que quería y le apartó de un empujón.

Trece días e infinidad de pruebas, pinchazos, camillas, preguntas, papeleo y compuestos químicos para detectar enfermedades navegando por sus venas, esperando el tiempo reglamentario para ver si algo en su interior reaccionaba de forma incorrecta. Las residencias para los inmigrantes eran blancas y luminosas, con sus ventanas tintadas de color naranja y la limpieza aséptica y aburrida de un lugar que sólo era ocupado dos semanas cada tres meses. El contraste con el desorden de suelos chirriantes que era el orfanato resultaba brutal, y Klio prefería pasar el rato en los parques de baldosas o en las tres calles de la ciudad en miniatura, reconociendo golosinas de Utopia ante las que había arrugado la nariz de pequeña y que ahora resultaban irresistibles. Incluso la habitación de Aedan, tan ordenada también que parecía que no viviera nadie allí, resultaba mejor que la residencia, donde no se hablaba de otra cosa que no fuera Utopia y cómo comenzar una vida allí. Klio ya consideraba la Franja la meta. Para ella lo difícil había sido que el ordenador del Ministerio dejase de pasar de largo por su número. Ya no había razón para hablar y preocuparse por Utopia. Ahora el otro lado del Muro era Suburbia.

Se encontraba a menudo pensando en la ciudad fronteriza y luchando contra algo que se resistía a identificar como añoranza. Cuando volvía a la habitación vacía, Klio no podía evitar pasar un buen rato mirando al techo y considerando el significado de lo que había hecho. Resultaba difícil comprender que no volvería a ver a Tru. Y que era muy poco probable que Jen ganara y pudiera encontrarla. Sus padres habrían cambiado y sabía que cuando apareciera en la puerta les daría un susto de muerte. Tal vez no la creyeran al principio. Tal vez, se decía sin poder evitarlo cuando no podía conciliar el sueño, tal vez ya no la quisieran.

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