5 de Noviembre: Siete botellas a medias.

           —¿Y qué vamos a hacer?

           —¿Por qué tenemos que hacer algo?

           —¡No podemos dejarla triste para siempre!

           —No sé con quién has salido los últimos años, pero cuando le van las cosas bien tampoco es el alma de la fiesta precisamente.

           —Te lo estás tomando a broma.

           —Jamás de los jamases. El asunto me quita el sueño.

           —Yo creo que lo que necesita es un novio.

           —Oh, vamos, seguramente no quiere volver a ver a un tío en su vida.

           —Pues si te piensas que se va a pasar a la otra acera lo llevas claro.

—Gracias a dios, lo último que necesitamos en este no-pais es otra lesbiana psicótica.

Aquella noche en “El loco” sonaba música pre-guerras, como siempre, y brillaban fotografías pre-guerras enmarcadas en recuadros que imitaban madera, llenos de polvo que no era de imitación. Nadie se preocupaba demasiado por la limpieza de los carteles de cine plastificados, las fotos de ciudades sumergidas o destruidas y los recuerdos de una vida que nadie había conocido. Sólo los dueños del local sabían si el detalle del polvo y los cuadros torcidos era un toque deliberado o falta de tiempo e interés. Podía parecer que en realidad sólo era un almacén distribuido al estilo de los bares de aquellas ciudades tal y como se habían conservado en películas y fotografías, con su desorden y la falta de practicidad incluidas, con su zona de billar y la de mesas y una barra larga protegiendo la pared cubierta de botellas llenas de líquidos de colores apagados y los vasos relucientes. El contraste entre la penumbra desordenada, con su música de más de cuatrocientos años, y los vasos siempre brillantes y esterilizados, llamaba la atención a los que entraban allí por primera vez. Jen, Sylwia y Klio prácticamente se habían criado bajo aquellas mesas de billar, así que casi todo dentro del bar había dejado de sorprenderlas.

           Roberto les dirigía miradas de vez en cuando desde detrás de la barra, como un profesor de preescolar que estuviera cuidando de que nadie se partiera la cabeza con un columpio durante el recreo. Repartía su atención entre ellas, la media docena escasa de clientes a esas horas y los vasos que iba limpiando metódicamente. Normalmente ese era el trabajo de Daniel, que sentía la misma satisfacción cuando salían las manchas pegajosas del cristal que otros al acertar con un dardo en el centro de la diana. A Roberto en cambio empezaban a dolerle las manos y de vez en cuando tenía que cambiar el sentido y la mano que sostenía el paño. Culpa de los vasos y de los movimientos repetitivos, se decía a si mismo cada vez que los dedos se le agarrotaban. Y del frío porque el radiador integral bajo el panel de la pared funcionaba cuando quería. El vaso que tenía entre manos empezó a emitir aquel sonido chirriante al frotarlo con el trapo esterilizador que indicaba que por fin estaba limpio, así que cogió el siguiente del balde y silbó al ritmo de la música, a mayor volumen del habitual, mientras se desplazaba al otro lado de la barra. Inspeccionó el armario de cristal plástico reforzado donde guardaban la colección de discos compactos anteriores a la Guerra. Tendrían un valor incalculable si alguien en Suburbia hubiera estado interesado en la historia más allá de las últimas leyes de Inmigración, y se mantuvo a prudente distancia como si sólo el hecho de estar limpiando vasos pudiera trasladar la suciedad a los discos. Tuvo que entornar los ojos para distinguir las delgadas letras en los lomos de plástico aunque no tenía intención de cambiar la música de momento. Le gustaba aquella especie de country por lo adecuado que resultaba en Suburbia, que parecía un decorado preparado para Sergio Leone cuando se levantaba el aire y la tierra.

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