23.

30 de Abril: El día que nunca llega.

            —¡Pero es que tengo que volver!

            —Todavía no te podemos dar de alta.

            —¡A Malena le han dado número y tiene mi edad!

            —Cordelia, te prometo, te aseguro que en el momento en que haya la más ligera posibilidad de que puedas pasar por una chica de diecisiete años yo misma te acompañaré al Registro.

            —No quiero un registro ni un número de... ¡de mierda! ¡Quiero volver a mi casa! ¡No necesito los sorteos, yo soy utopiana! Además ¿si sale mi número mientras no estoy registrada qué, eh?

            —No sería tu número porque no estás registrada.

            —¡Pues es un sistema de mierda!

            —Ya lo sé. Pero no vamos a arreglarlo con palabrotas.

            Klio no supo responder a su pregunta sobre qué pasaba cuando llovía el día del sorteo; se la quitó de encima explicándole que nunca llovía en días de sorteo, como si eso fuera una explicación científica en sí misma. Por si acaso llevaba un par de protecciones plásticas de emergencia embutidas en la mochila. Sin embargo aquella mañana había amanecido con la luz de siempre, refulgente y agresiva, sin rastro de la humedad rojiza que bañaba la Franja durante la semana anterior a la tormenta.

            La tarde en que aprendió a jugar a las cartas con Audra había sido la segunda de quince días durante los cuales las calles y el precario sistema de alcantarillado del centro de Suburbia rebosaron con riachuelos de agua tóxica. Los suburbanos se quedaban en sus casas, muchos de los comercios cerraban y se podía recorrer la distancia entre El Loco y la Casa de Salud sin cruzarse con una sola persona. En la calle paralela a la de Catherine se desplomaron cinco balcones de metal que habían aguantado sin protección las lluvias de los últimos setenta años. Salir a la calle con el calzado adecuado era tan importante como cubrir hasta el último centímetro de piel; las zapatillas normales, de cuero de rata o aglomerado plástico, parecían soportar la humedad a simple vista, pero el proceso de quemado y descomposición era imparable y al cabo de unas horas bastaba sostenerlas en las manos para que empezasen a pelarse. A la entrada de todos los locales aún abiertos se colocaron fregadoras de arena, secadores industriales y aspiradoras para dejar fuera hasta la última gota, y la gente bailaba o jugaba al billar descalza en los bares, con los calcetines empapados de bebida derramada. El ambiente general era confuso, atemorizado y festivo a la vez, en una especie de psicosis colectiva y controlada. Los diez millones de suburbanos veían el agua chocar sobre las ventanas de sus casas aceptando que era algo venenoso que caía del cielo de vez en cuando, marcando un paréntesis entre los periodos de sol. Era necesaria una exposición directa y relativamente prolongada para que la lluvia tuviera efectos graves o matase, pero a nadie se le ocurría probarlo, compartiendo la idea tácita de que, igual que ponerse delante de un tren en marcha o meter la mano en una trituradora, era algo que sólo hacían los niños y los suicidas.

            A Aedan por el contrario le había sido difícil contener el impulso puramente instintivo de salir a la calle y recoger el agua, como hacían en su barrio en Utopia, con calderos, botellas y cazos, porque en aquel vecindario ni siquiera llegaban a pagar la cuota mínima de agua potable. Viniendo de un lugar donde medio litro de agua de manantial era la mitad de la pensión de incapacidad de su padre, era imposible que no se hubiera sentido fascinado al observar la tormenta. Y aún así Suburbia podía considerarse afortunada con el nivel de concentración de ácido, que por su cercanía al ozono de Utopia era mucho menor que el líquido aceitoso y corrosivo que de vez en cuando descargaba la Nube sobre las pocas zonas de superficie habitadas bajo ella.

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