14.

31 de Enero: Sin incidencias.

—¿Y hermanos después? ¿Nada?

—No.

—Qué horror. Yo una, Soleil, pero no la veo mucho desde que se fue de casa. Vive cerca de las recolectoras del Pacífico... ¿quieres?

—No, gracias. ¿Qué es?

—No sé, me lo dieron en la cafetería. Entonces vienes con nosotros ¿no?

—¿Seguro que se puede?

—Claro que sí, los sorteos son aburridísimos y ya hay exceso de militares todo el resto del tiempo. Pero deja el uniforme en los vestuarios. Sólo por si acaso.

Desde arriba parecía que los aspirantes sólo podían ver a los soldados de servicio, porque era a lo único que prestaban cierta atención además de las pantallas gigantes. Los dos grupos permanecían en sus respectivos campos, inmersos en silencios distintos; el de los aspirantes en la Franja era pesado y zumbón con las conversaciones en voz baja. El de los soldados del Muro, profundamente dormido o alerta; era imposible saberlo.

            Desde dentro parecía que las normas se habían relajado, y que el deambular por el parapeto superior, el nivel más alto de la frontera, era algo que se pudiera hacer todos los mediodías. “Comisionados pero no de servicio” era como Delia había explicado la situación, antes de añadir que si tenían que bajar corriendo a la armería era mejor estar en lo alto del Muro que en sus habitaciones o la cafetería, desde donde se tardaba bastante más en alcanzar los controles de seguridad.

            —Vamos, que tenemos que estar aquí pillando un puto cáncer en vez de ahí abajo con el uniforme adecuado y preparados para impedir que los infraurbanos se nos metan en el salón —había sido la explicación de Casper mientras se unían a la larga cola para subir por las pasarelas. Después de dos horas allí la mayoría de los grupos habían ido dispersándose en largos paseos.

El Muro serpenteaba esquivando desniveles hacia el Este y el Oeste. Había soldados “comisionados pero no de servicio” repartidos en pequeños grupos hasta donde podían ver. El aire caliente pegado a la cubierta asfáltica distorsionaba a los más alejados. Era la primera vez que Aedan subía al Muro de día, sólo para descubrir que bajo el sol incluso la Franja de tierra arenisca con sus arbustos raquíticos parecía más acogedora que el pasillo de cemento. El Muro era como alguna de las carreteras en desuso que se desmoronaban por todo el sur de Utopia desde la purga de automóviles; notaba el calor a través de la suela de las zapatillas. Los más previsores habían ido montando tendidos, aunque de vez en cuando algún superior ordenase echarlos abajo o volver a colocarlos para que resultasen menos visibles desde fuera. El único parapeto que se podía ver desde el suelo era el de la Comandante Hawkins, situado en la zona de guardias. Delia había asegurado que bajo él había algunas sillas para la Comandante y otros oficiales, pero cada vez que Aedan miraba en esa dirección podía verla en pie al borde de la sombra. En el mismo lugar, sin un solo cabello fuera de sitio, primero mientras la Franja iba llenándose y después cuando por fin empezó el sorteo. Casper se había tumbado en una esterilla de aislante térmico y sólo se movía para pasarse una toalla refrescante por la cara y gruñir de vez en cuando. La única que parecía prestarle atención al resto del Muro, al sorteo y a lo que pasaba entre los suburbanos era Delia, parapetada bajo un paraguas negro y con las mejillas cubiertas de la protección solar azul que utilizaba el personal civil. Distribuía su tiempo entre asomarse sobre la barandilla de protección, bailotear para desentumecerse las piernas y acercarse a la sombra en busca de conversación.

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