20.

Cuatro meses antes: Nada excepto azul.

            No pudo correr ininterrumpidamente, por supuesto, pero al principio lo intentó. Abandonó la Franja y siguió corriendo cuando empezaron a dolerle los pulmones, y cuando cada inspiración parecía llevar un puñado de arena a través de su garganta, hasta que se le nubló la vista. Durante unos segundos tuvo que arrodillarse en el suelo, entre Suburbia y la Franja, tratando de no gritar de frustración ante su propia tardanza. Si gritaba tardaría más en recuperar el aliento. Cerró la boca y se levantó, y a partir de ahí caminó a ratos, corrió en otros, y trató de ignorar que los pulmones aún le quemaban y la cabeza le daba vueltas por el ejercicio y la impresión.

            Aquello no entraba en sus planes. No podía ser. Durante todo el camino hasta la calle Delancey fue incapaz de pensar nada más; el sudor le picaba en los ojos. El orfanato apareció a la vuelta de la esquina y sólo se detuvo para manotearse el sudor de la cara y lanzar el gorro dentro del ropero. Si encontró a alguien en la subida frenética hasta el tercer piso no se dio cuenta, con el agotamiento rugiéndole en los oidos y el número de Bastian repitiéndose de fondo, a modo de eco enloquecedor. Aterrizó en el descansillo y miró a ambos lados, calculando, tratando de adivinar. El sorteo había dejado los corredores vacíos y las habitaciones tranquilas y silenciosas, y Bastian siempre se quedaba allí como si él no tuviera número o ni siquiera le interesase bajar a ver la retransmisión al salón. Dio un traspiés, cambió de opinión a mitad del paso y casi tuvo que apoyar una mano en el suelo para no caerse por la escalera, pero logró salir despedida hacia el pasillo de la derecha.

            —¡¿Bastian?! —gritó antes incluso de llegar a la puerta pintada de naranja. Seis niños menores de ocho años la observaron intrigados cuando abrió. Algunos la saludaron, pero Klio en ese momento no hubiera podido recordar el nombre de ninguno. Tuvo ganas de sentarse en alguna de las sillas en miniatura pero Bastian la cogió del brazo y la sacó al pasillo.

            —¿Klio? ¡Klio! ¿Estás bien? —Lo primero que hizo fue sacudirla, un poco sólo, y después ponerle la mano en las mejillas y estirarle los párpados, y ella soltó una carcajada porque resultaba ridícula la mera posibilidad de estar borracha o colocada en aquellos momentos. Movió las manos como pudo para aferrar las muñecas de Bastian y en cuanto pudo tomar aire se sintió mejor, sobria, descansada, segura de lo que iba a pasar. De haber tenido fuerzas habría saltado.

            —Sí, sí, ¡estoy genial! —No sabía qué decir primero, ni cómo decirlo sin que pareciera oportunismo. Los ojos de Bastian se abrieron ligeramente, azules, brillantes.

            —¿Ha salido tu número? Klio, ¿vas a entrar?

            Aquello podía ser su salida. Podía ser una opción para evitar malentendidos o desconfianza. Podía decirle que sí, que era su número y que se iba a Utopia por fin, y que se fuera con ella porque le quería. Se libraría de las sospechas y cuando todo estuviera aclarado daría igual. Los razonamientos le pasaban por la cabeza a una velocidad de vértigo y sólo alcanzaba a sujetarlos por las esquinas, con la punta de los dedos. Mentir, declararse, desmentir, casarse, abandonar Suburbia, era la línea recta más nítida y escandalosamente lógica que había visto en meses.

            No. Mejor no. Bastian era tan honrado que sería capaz de rechazarla sólo para no sentir que se estaba aprovechando de la situación. Puestos a elegir entre convencerle de que él no estaba aprovechándose de ella y viceversa, Klio encontraba la segunda opción bastante más sencilla. Si él hubiera sido un poco más lanzado apenas necesitarían tener esa conversación. Había tenido años para ello pero de alguna manera Klio siempre intuyó que tendría que ser ella la que diera el primer paso. En la boca del estómago le rebotaba una pelota de caucho.

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