16.

13 de Febrero: No dolerá, te lo prometo

—¿Y si fallan?

—No lo entiendes, no fallan. Ese es todo el dogma.

—Sí, claro. Yo puedo volar. Ahora mismo me tiro por el hueco de la escalera y que me levanten las partículas.

—Ríete lo que quieras, pero volarías si lo creyeras de verdad. Pásame la lactosa.

—No creo que tus electrones puedan meterse en un programa electrónico.

—No se meten en ningún sitio. Conforman la realidad.

—Claro. Confórmame un trozo de eso a mí también. Del de chocolate.

—Perra descreída.

—Zorra ingenua.

Las persianas seguían cerradas cuando abrió los ojos, pero de algún modo la luz conseguía colarse por las rendijas y a través del cristal antirradiación para clavarse en sus pupilas. Se dio la vuelta para encarar a la pared y el dolor resbaló por su médula espinal, se extendió por la espalda y llegó hasta cada terminación nerviosa. Supo que había alguna pastilla que todavía estaba haciéndole efecto porque, entre el quejido y la sensación de que su cerebro se movía dentro del cráneo, acertó a pensar que su sombra nunca le había parecido tan nítida y móvil. Intentó tragar saliva. Tenía la boca seca, pero sólo el pensar en levantarse, buscar alguna botella de acuol y darle un trago a la mezcla templada le provocó arcadas. Por suerte había vomitado todo lo vomitable mientras esperaba a que abrieran la puerta del orfanato, demasiado cansada e impresionada por el amanecer suburbano como para intentar la subida por los andamios. Después de perder de vista a Sylwia pareció que todo era cuesta abajo y línea recta, en una carrera fácil con miles de sonidos desconocidos entreteniéndola.

            Ahora ya nada era tan entretenido. Gimoteó en un intento inútil de apagar los sonidos de los pasillos y los demás dormitorios, que habían empezado a impregnar hasta las paredes. Sin volverse siquiera estiró el brazo y buscó la mesilla de noche. Derribó un vaso y la lámpara antes de encontrar el reloj y tuvo que abrir los ojos para mirar la hora proyectada en el techo. Eran más de las seis de la tarde y todos los críos habían vuelto del colegio para correr, chillarse por los pasillos y hacer hervir su cerebro. Abrió el cajón y buscó inútilmente una cajetilla de tabaco. Lo que en realidad necesitaba era una copa. Llegar a un punto medio de embriaguez en el que el dolor de cabeza cesara pero no significase uno al día siguiente. Seguro que a Sylwia también le parecía una gran idea.

            Tuvo que esperar cinco minutos después de incorporarse en la cama para que los muebles dejasen de bailar, y otros diez sentada en el baño hasta que supo que podía hacer el recorrido hasta el segundo piso sin tener que tirarse al suelo delante de una veintena de escolares.

            El pasillo de Sylwia ocupaba toda la fachada Este, pero Klio no distinguió a Jen acuclillada al final del corredor hasta que no recorrió la mitad. Posiblemente venía a echarles la bronca de parte de Tru, porque para eso servían las ayudantes. Klio se cruzó de brazos mientras seguía caminando, y entrecerró los ojos preparándose para la colección de advertencias amigables que Jen introduciría en el discurso. La puerta de Sylwia estaba cerrada; había sido más lista y habría echado el pestillo y vuelto a dormir. Jen parecía inofensiva desde allí, con el peso del cuerpo en los tobillos y sin posar siquiera el trasero en el suelo, con las mangas del jersey tocándole las puntas de los pies. Cuando se estiraba empezaba a notársele el embarazo, que se había comido ya los huesos de su cadera, pero en ese momento seguía siendo un niño-estatua. Incluso el mohín de preocupación por tener que hacer de monja y echarle la bronca a sus amigas era similar a los de los huérfanos cuando esperaban alguna regañina de la hermana Gant.

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