1.

2 de Noviembre: Gente al otro lado.

            —No pensarás que lo hago por eso, ¿verdad? No me lo puedo creer, ¿qué clase de...?

—No. No lo sé. Es... no puedo pensar sobre ello ahora. No con el número y...

—¡Pero tienes que haberte dado cuenta! ¡Era obvio!

—Tienes que tranquilizarte y... y yo tengo que salir de aquí. Tengo que... hacer algo.

—¿No me piensas responder? ¡Sólo es un sí o un no!... ¿Por favor?

—No.

La consola básica que todos los soldados tenían en su habitación escupió la nota exactamente a las doce del mediodía, mientras Aedan revisaba el orden de las fotografías del año anterior. El plástico protector se arrugó un poco, formando una burbuja, así que tuvo que retirar toda la hoja y volver a colocarla asegurándose de que se mantuviera lisa. Levantó el archivador hacia la luz, comprobando por el reflejo que la película transparente no tuviera irregularidades, y buscó el lugar del fichero entre todos los demás, empujándolos hacia la pared para que los lomos quedasen a la misma altura. Entonces retrocedió hasta la pantalla. La hoja con sus horarios para la semana entrante se balanceaba desde la ranura de impresión. Se lavó las manos en el lavabo adyacente: primero la derecha con el cepillo, luego con la izquierda. Luego la izquierda con el cepillo, después con la derecha. Dejó el cepillo en su caja pero la palma rozó el dispensador de arena sanitaria y tragó saliva. Tenía que empezar de nuevo. Abrir el dispensador. Cepillo en mano derecha, frotar con la izquierda, cepillo en mano izquierda, frotar con la derecha, dejar el cepillo y el momento que lo había estropeado todo, esquivar el grifo del dispensador aguantando la respiración, hasta que juntó las manos y empezó a frotarlas entre sí. El jabón se escurrió entre los dedos mientras la arena arrastraba la suciedad invisible. Giró las manos a los cincuenta segundos exactos y frotó con la izquierda mientras las palmas empezaban a enrojecerse. El dolor familiar de la limpieza empezó a quemarle la piel.

Se apoyó contra la pared con cuidado de no tocarla y empujó el botón azul del dispensador de aire con el hombro. El grifo traqueteó antes de soltar los últimos granos y pasar a una corriente de aire a presión que terminó de limpiar cualquier rastro de arena de sus manos. Tenía las palmas casi en carne viva. Alargó la mano hacia el toallero, arrancando un paño, y lo olisqueó. Olor a loción calmante en la toalla de papel y a algo ligeramente quemado en sus manos. Terminó el ritual del lavado y dejó la toalla, con sus nubes rojizas de sangre apenas visibles en el tejido blanco, dentro de la recicladora. Los restos de arena del lavabo se aspiraron por el desagüe y cuando el silencio volvió a ser completo alargó la mano hacia la consola y tomó las instrucciones para su segunda semana de servicio en el Muro.

En la pared sobre el lavabo, la placa del dispensador se hundió en la pared y un zumbido acompañó al espejo que ocupó su puesto. Aedan apenas se dedicó una mirada de reojo, más por el sonido que porque realmente necesitase verse. Se dirigió una sonrisa tímida como de costumbre, como saludando al Aedan del otro lado. Las ojeras se le acentuaron y volvió a concentrarse en los horarios.

Tal como le habían avisado en la academia, sus primeras semanas estaban plagadas de turnos de guardia entre las diez de la noche y las seis de la mañana. A Aedan no le importaba. Decían que las horas de sueño no eran una prioridad en las colonias de Marte, así que a los quince años había decidido no dormir más de seis diarias, sólo para empezar a acostumbrarse. Los dígitos proyectados en la pared opuesta a la cama decían que eran las doce y media, pero Aedan no se fiaba de ellos. Movió el panel de madera junto a la estantería empotrada de los ficheros y éstos quedaron ocultos. La otra estantería estaba casi vacía a excepción de un reloj atómico con la hora del meridiano de Saskatoon y su cámara de fotos. Se sacudió las manos en los pantalones y agarró la cámara. La película estaba cargada y quedaban quince exposiciones. La batería estaba a la mitad; con la cámara aún apretada contra la tela verde oscura del jersey sacó una nota adhesiva azul del cajón del pequeño escritorio y escribió, apretando demasiado el bolígrafo, “Recargar baterías por la mañana”. El Muro era bueno para las baterías solares: se cargaban cinco veces más rápido que en Utopia.

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