11.

8 de Enero: Aire libre

El día en que llegaron no se dio cuenta de cómo la luz cambiaba. Estaba demasiado ocupada inspeccionando el tren del Muro. Aleaciones ligeras, plástico y metal. Una espina dorsal de electroimanes retorciéndose como una anguila en las tres curvas a la salida de la Franja y luego convertida en una flecha a seiscientos kilómetros por hora durante las seis horas que duraba el viaje. Tenía ruedas durante los primeros momentos de aceleración, antes de que los imanes se alinearan y tomasen el suficiente impulso para que el tren se despegase del suelo y volase a medio metro por encima de las vías. Como los aviones de los documentales, un tren de aterrizaje. Al plegarlas a los costados los vagones temblaron unos segundos y después sólo hubo el silencio de la maquinaria utopiana y los susurros excitados de los inmigrantes ganadores.

            Bastian y ella habían salido en el primer tren, casi vacío. El vagón tenía capacidad para veinte personas y lo ocupaban siete. Rea pasó la primera hora estudiándoles con indiferencia, tomando notas mentales por pura costumbre, porque no podía hacer otra cosa cuando abría los ojos. Les había visto a todos en algún momento durante las dos semanas que tenían que dejar pasar entre la entrada a las instalaciones de la Franja y la salida del tren a UC, pero había relegado sus rostros a un plano alejado de su mente. La chica casi veinteañera que iba a gastarse sus sueldos en ropa casi le hacía gracia. El matrimonio de mexicanos con su hija era exactamente igual que todos los demás a un lado y a otro y no presentaba mucho interés; trabajarían como esclavos, ellos ahora y la niña cuando pudiera. En dos generaciones si tenían suerte habrían olvidado que venían del desierto y estarían aplaudiendo la política de puertas cerradas que les protegería del demonio de las Nethers. Un padre y un hijo que ya parecían utopianos por su actitud diligente y sus trajes de tonos sobrios. A Rea le llamaba la atención la mujer que solía salir del baño de la residencia por la mañana con los ojos rojos y marcas en las mejillas. Fue Bastian quien habló con ella y quien trajo de vuelta las noticias sobre los tres hijos que había dejado en Suburbia, incapaz de elegir a qué dos incluir en su número ganador. Incluso en el tren a la UC Rea sentía que su vista volvía a ella más que de costumbre. Sólo porque sí. Por encontrar alguna señal visible que le contase qué iba a ser de los niños, qué esperaba encontrar la mujer que justificase el seguir una ley semejante o si había siquiera pensado en ello cuando se quedó embarazada del tercero. Al comienzo del viaje se había sentado frente a ella, pero dos horas más tarde terminó removiéndose bajo su mirada y cambiándose de vagón.

Rea se limitó a devolver su atención a la ventana y ver pasar los primeros árboles que veía en su vida. Los más cercanos sólo eran una sombra, una ráfaga verde y parda de vegetación todavía indecisa, emborronada por la velocidad imposible del tren. Sólo los más lejanos, encaramados cada vez más en colinas, y después montañas a medida que atravesaban el sur de Utopia, seguían enfocados y definidos. A esa distancia no había podido reconocerlos, pero los nombres se deshacían en su mente. Hayas, cedros, pinos, abetos, melocotoneros, palmeras, los nombres entremezclándose, especies extintas con las que habían sobrevivido, las tropicales con las continentales, en un susurro de hojas imaginado.

En la capital no había colinas llenas de árboles. El tren urbano que los llevaba a las afueras en ese momento era un modelo más pequeño y sencillo que el del Muro. El paisaje había sustituido la tierra por los edificios, brillantes y ordenados como fichas de dominó, y los grupos desorganizados de árboles por parques de un verdor intenso y casi insultante entre la claridad. Porque la Ciudad era blanca, aunque algunas paredes aquí y allá se esforzasen en ser grises o rojizas. Blanca más allá de los materiales y de sus habitantes, vestidos en diferentes tonos pero aún así sin una sola nota discordante, como si hubieran elegido las mismas proporciones para cada color de la escala, el mismo matiz de una muestra de cien telas distintas.  Las mujeres en azules, rojos, rosados, verdes, blancos y más grises de los que Rea había pensado que podrían existir. Los hombres sobrios hasta la clonación en sus trajes negros y azules. No había visto mucho marrón durante aquellos dos meses. Quizá algún bolso de metapiel, o un gorro en un escaparate. No había visto el anaranjado que bañaba Suburbia por las tardes y volvía el suelo de un pardo profundo.

20millones3¡Lee esta historia GRATIS!