3.

5 de Noviembre: Números bajo la piel.

           —¿Cuántos tenemos hoy?

           —Se apuntaron cuatro docenas pero unos diecisiete no han pasado de la solicitud.

           —¿Enfermedad o ficha policial?

           —La mayoría por fichas, dicen los del Registro. Volverán a intentarlo la semana que viene, seguro. No parecen entender el concepto de “historial permanente”.

           —Actualizaron las fichas para incluir el ADN hace más de 15 años, la verdad es que deberían haberse acostumbrado.

           —Sí. Por suerte el sistema funciona.

           —Sí, funciona... ¿Están los inyectores preparados? Bien, muchas gracias. Iré diciéndole a Suárez que puede abrir las puertas.

           —Aquí vamos otra vez.

           Tenía los ojos enormes y castaños, y los mechones de pelo más cercanos a las sienes decolorados por el sol venenoso del sur. Cuando le llegó el turno de pasar la primera barrera y acercarse a la camilla número doce, Anton le sonrió amablemente como hacía con cada uno de los solicitantes, y ella se limitó a mirarle aterrada abrazándose los codos.

           —Buenos días —saludó el médico, revisando su solicitud en la pantalla. Foto y fecha de nacimiento y muestra de ADN. La foto coincidía. Le tendió la funda de plástico sin perder la sonrisa, cuidando de que el cable que lo conectaba a la consola no se enrollase por el camino—. O, mejor dicho, buenas tardes. Hoy llevamos un poco de retraso. ¿Serías tan amable de meter el dedo aquí? Es para comprobar tu identidad.

           La chica obedeció instantánea y apresuradamente, y sus labios se contrajeron cuando el tester le pinchó la yema del dedo. Al momento el piloto verde del aparato se encendió. Anton dio un par de palmadas en el plástico esterilizado de la camilla mientras recolocaba el Tester en su lugar con la otra mano y luego acercaba la camilla, en un juego de movimientos perfeccionado con la práctica.

           —Lucía Sweet —leyó de la pantalla. La ficha decía diecisiete años, la edad necesaria para darse de alta, pero aparentaba menos. La expresión de Anton no varió lo más mínimo—. Yo soy Anton Kavanaugh. Puedes llamarme doctor Anton. ¿Estás en el orfanato de la hermana Gant, por casualidad?

           Tal y como esperaba, Lucía asintió sorprendida. Incluso se acercó al monitor para comprobar si decía algo al respecto en la ficha.Así que probablemente tenía catorce o quince años. Gertrude Gant era una experta en convencer a los funcionarios aburridos del Registro de Suburbia de que aquellos niños sin padres tenían la edad legal para entrar en el sorteo por sí mismos, sólo que en sus regiones no existía la burocracia y por tanto no venían con certificados de nacimiento. Al menos la segunda parte era cierta. Y Anton se había cruzado con ella en las entregas de niños deportados las veces suficientes como para saber que la mujer podía hacer que cualquiera le diera la razón sólo para que dejase de explicar por qué tenía la razón. Una suburbana curiosa, la tal Gant, sobre todo teniendo en cuenta que, por lo que contaban, se había ido de Utopia por su propio pie y no llorando mientras los guardias encargados de las expulsiones la metían a rastras en la cámara de transición, como era costumbre.

           De alguna manera el detalle del orfanato y de la mención a su directora y fundadora pareció tranquilizar a Lucía, que se encaramó de un salto a la camilla. El plástico crujió mientras se acomodaba. Anton le dirigió una sonrisa tranquilizadora antes de rodearla, empujando la camilla hacia la pared de plástico traslúcido que llevaba a su sala de examinación. Una de las láminas se abrió automáticamente cuando la camilla se acercó; el soldado asignado a aquella sección les dirigió una leve mirada antes de franquearles el paso. Como todos los soldados en la sala, el prokev de su cota era de un gris plateado, distinto al azul oscuro de los guardianes del Muro o al rojo de las Fuerzas de Acción.

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