15.

12 de Febrero: Los jardines de otros.

—¿Y tienes árboles de verdad en tu casa? Pero árboles, no matojos de la Franja.

—Si los tiene no serán suyos, serán de su madre.

—¿Y por qué no van a ser suyos?

—Porque con diez años es todo de tus padres, estúpida.

—¿Ah sí? ¿Qué tienes tú que sea de tus padres, lista? Si todo es...

—No tenemos árboles exteriores. Luego cuando llueve hay que volver a encargarlos y mi padre dice que es una tontería... Klio, no te enfades, que tienes razón.

—Y yo también, ¿o no?

—Sí, venga, tenéis razón las dos. Pero no os enfadéis... y tirad de una vez o me llevo la pelota.

Llegar hasta la casa de Jen, o la casa de los padres de Jen, había sido una aventura desde la primera vez. Las invitaciones siempre habían sido escasas, primero a jugar, luego a ver películas, después a pasar el rato en el salón climatizado, pero no por culpa de Jen. Klio odiaba el paseo hasta allí, y Sylwia la gente que vivía en sus casas unifamiliares, así que aunque le había costado Jen asumió en el segundo año de instituto que sus únicas dos amigas de la infancia preferían quedarse toda la tarde en un bar mal ventilado y lleno de humo que disfrutar de la última proyección de Maud Teiba cómodamente instaladas en el sofá. El hecho de que los padres de Jen no pudieran ni ver a Klio y a Sylwia también tuvo su parte, aunque menos. Sylwia siempre decía que después de todo tendrían que habérselo pensado mejor antes de mandar a su hija a las escuelas públicas del centro en vez de a las privadas, pero "las ganas de tenerla cerca de la granja de pollos y controlada dieron al traste con su privilegiada educación de señorita". También decía que si no tenían árboles era porque a la señora Calder ya le bastaba con el palo que llevaba permanentemente metido en el culo, pero eso no lo decía delante de Jen. Klio pensaba que la señora Calder no estaba tan mal, y de todos modos el único adulto del que Sylwia decía cosas buenas alguna vez sin que hubiera sexo de por medio era Tru.

            Klio detestaba el barrio por la sencilla razón de que le recordaba a su casa. A una versión suburbana de las calles que rodeaban su casa, claro, donde los colores dolían en los ojos y crecían árboles del asfalto, clavados como postes de electricidad, pero la idea era la misma. Estaba lo bastante lejos del centro como para que las dos horas de camino a pie disuadieran a la mayoría de indeseables, que en Suburbia eran todos, de acercarse por la zona. Y estaba lo bastante cerca como para que los habitantes de las Brañas, con sus cyclomots cubiertos, tardasen apenas media hora en ir y venir, ya fuera al instituto, a la fábrica de pollos o a donde les diera la real gana. A Jen solía llevarla y traerla su padre cuando iba a la oficina, en un cyclo de tres ruedas que subía las cuestas con un ronroneo leve, al menos hasta que la propia Jen decidió que nadie se había muerto nunca por ir a los sitios andando o corriendo. Aquel día también le dijo a su padre que las marcas de las patadas con las que apareció a la salida del colegio eran fruto de un partido de futbol muy reñido, pero no volvió a subirse a una máquina, al menos por el centro. Era curioso cómo Jen podía mentir a sus padres con tanta constancia y convicción en algunas cosas y seguir siendo de todos modos una hija ejemplar.

Todas las calles que atravesaron estaban prácticamente vacías, en un silencio obstinado de media tarde; cuanto más ascendían por la colina de la urbanización los muros que rodeaban las casas se volvían más altos, y la vegetación tras ellos más pretenciosa y fuera de lugar. En las calles en las que las hojas colgaban sobre la acera, Sylwia saltaba para golpearlas y decidir si eran de plástico o naturales. La mayor parte de las de aquel tamaño eran sintéticas.

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