Capítulo 19 - 7 de Marzo: Todo está cambiando

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19.

7 de Marzo: Todo está cambiando.

            —¿De veras cree que podría hacerse?

—¿No estás seguro?

—No, si es.... Sí, sí que lo estoy, pero no pensé que pudiera hacerse.

            —Será necesaria una autorización especial de la comandante.

            —¿Y cree que me la dará?

            —Haré todo lo que pueda. Tú sólo tienes que escribir la solicitud.

Al final la solución no había aparecido de improviso, ni mucho menos completa. Anton, de hecho, no estaba seguro de poder llamarlo “solución”. Anton no se consideraba perfeccionista, aunque un par de personas le hubieran adjudicado el calificativo a lo largo de su vida, y tenía claro que no podía esperar mucho. Aunque su plan de acción dependiera de un centenar de factores sobre los que no tenía ninguna clase de control al menos era algo. Algunos de esos factores eran influenciables y otros dependían de una especie de juego de azar macabro que podía o no hacer coincidir el estado de la enfermedad con el desarrollo de los acontecimientos.

            Dejar tantos cabos sueltos a disposición de la suerte o de otras personas le hubiera provocado una profunda sensación de malestar, de haberse hallado en otra situación. Sin embargo después de semanas dando vueltas en círculos Anton estaba dispuesto a aceptar la más mínima posibilidad, y al salir del despacho de Iris Hawkins con su carta sellada y firmada bajo el brazo se permitió sentirse ligeramente optimista.

            La participación inconsciente de Aedan había sido uno de los factores en los que él habría podido jugar un papel, pero para cuando se había dado cuenta de ello ya no era necesario. Ni siquiera recordaba cuándo, o de qué estaban hablando, aunque imaginaba que era algo relativo a la Casa de Salud, o de otro modo Anton no hubiera sugerido que Aedan podía solicitar un permiso extraordinario, similar al suyo propio. Aedan sí recordaba ese dato pero se resistía a sacar el tema de forma directa. Hasta el mismo momento de presentarle la solicitud a Iris Hawkins todo el asunto había conservado un aire de irrealidad. Anton había perdido la cuenta de las veces que había preguntado a Aedan si estaba seguro de querer hacerlo; le había descrito las condiciones de la Casa de Salud sin exagerar pero sin diplomacia, así como la amenaza que suponía el mero hecho de estar empleado allí, al alcance de un centenar de enfermedades suburbanas y de un millar de los propios suburbanos. Fue en algún momento de esas explicaciones cuando se dio cuenta de que quizá Aedan era el primer paso, un paso mucho más sutil que acercarse a Catherine y abrumarla con las posibilidades. Un cambio de actitud por su parte sería también sospechoso. Aedan, por el contrario, era como una pizarra en blanco para ella; como voluntario tal vez podría descubrir una debilidad, un amigo de confianza, cualquier cosa que sirviera para que Catherine abandonase su orgullo suicida y aceptara la ayuda de Anton. Ni siquiera tenía por qué saber que era suya.

            El chico parecía sinceramente intrigado por el exterior; tras la oscuridad constante de Hermosillo, la aparente normalidad de Suburbia debía de ser todo un enigma. Eso y la chica suburbana que había recibido el disparo. No quiso especular sobre las razones de Aedan aunque sospechaba que en gran parte era culpabilidad. Después del día del juicio no había seguido preguntando por ella hasta que Anton le aseguró que estaba en condiciones de irse a su casa tan pronto como algún médico decidiera pasarse por allí a darle el alta.

            Iris sí había sido un poco complicada. Sus reservas eran lógicas y Anton podía compartirlas; la figura del médico que iba y volvía del exterior había sido casi tradicional en la puerta de Suburbia, pero siempre de forma extraoficial. Cuando Anton llegó era el doctor McLachlan, ya fallecido, el que de vez en cuando aparecía por la Casa de Salud. Anton había sido el primero en mantener horarios y constancia, poniéndolo casi al mismo nivel que su trabajo como médico jefe. También sabía que en ocasiones McLachlan se había acompañado de ayudantes u otros doctores, empezando por el propio Anton. Se lo había ocultado a todos los curiosos o arrivistas que le habían pedido asistirle en sus visitas.           Lustros de estudiantes intentando subir escalones por la via menos transitada le habían hecho desconfiado, y últimamente ni siquiera consideraba las escasísimas solicitudes antes de rechazarlas. La Casa de Salud necesitaba personal, sí, desesperadamente, pero no hasta el punto de aceptar a cualquier clase de aspirante. Y ningún médico de Utopia estaría dispuesto a rebajarse a las labores penosas que todos los empleados y voluntarios debían realizar allí. Ellos llegaban de los hospitales universitarios de UC, Saskatoon, Calgary, y les costaba amoldarse y dar lo mejor de sí incluso en las instalaciones de la base, perfectamente correctas pero muy lejos de la brillantez a la que estaban acostumbrados. Anton no podía culparles pero prefería ahorrarles el mal trago. El director de la Casa de Salud había estado de acuerdo, consciente del peligro de aceptar médicos utopianos que harían su trabajo a disgusto en el mejor de los casos, despreciando a los pacientes la mayoría. Era un riesgo para ambos grupos.

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