22. 19 de Abril: As de ácido

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22.

19 de Abril: As de ácido.

—Creo que lo más gracioso es cuando alguien viene y me dice que lo siente mucho.

—No sé, me parece normal.

—Es que luego me preguntan qué tal está. Me dan una especie de, no sé, palmadita en la espalda, porque se han enterado de que le han quitado el número.

—¿En serio?

—Sí. Dicen que lo sienten y toda esa mierda. Y entonces les cuento lo que pasó y no dicen nada más.

—Igual no saben qué decir.

—No. Lo que pasa que por lo que dan el pésame es por el número. Que luego la palmara no les parece tan horrible.

Sin duda Catherine podía darse cuenta de la gravedad de sus circunstancias, y de las consecuencias de la decisión que había tomado. Sin duda, porque nunca actuaba de forma inconsciente o arriesgada, habría considerado todos los factores. Por supuesto, Anton tampoco tenía la más mínima intención de llevarle la contraria en algo tan delicado y personal.

            Eso no servía para ayudarle a aceptar la noticia de que Catherine había decidido interrumpir cualquier tratamiento médico de forma definitiva.

            Si se hubiera tratado de otra persona, Anton lo habría atribuido a una intolerancia a los efectos secundarios, algo totalmente comprensible. Sin embargo para Catherine el problema era su intolerancia a los efectos de los propios efectos secundarios; la debilidad le impedía hacer esfuerzos, empujar un colchón o ayudar a alguien a levantarse. Los medicamentos le resecaban la garganta, y las náuseas la dejaban tan expuesta y necesitada de ayuda como los pacientes de los que debía encargarse. No era la primera paciente que prefería calidad a cantidad en el tiempo que pudiera quedarle. No era común pero tampoco extraordinario.

            Ignoraba los razonamientos con los que finalmente Catherine había apaciguado a Beatriz Collado ante su decisión de experimentar por su cuenta si le convenía o no continuar con las pastillas. No había nada que él pudiera hacer. Después de todo, se suponía que no había hecho nada desde el principio.

            Ahora una pieza de su inestable mecanismo de esperanzas había fallado, cuando menos lo imaginaba, estando tan relativamente cerca. En su habitación, desprovistas de etiquetas pero memorizadas con cuidado, estaban algunos de los medicamentos utopianos que hubieran significado una oportunidad. ¿Una oportunidad para quién, exactamente? Anton había empezado a preguntarse si la vida de la jefa de enfermeras no era un bien más preciado para él que para su propietaria. La determinación de Catherine a morir de forma natural le hacía sentir que había fallado de algún modo.           

Logró mantener una calma ficticia mientras la escuchaba comentárselo a él y a otras dos enfermeras, y fue capaz de terminar de firmar los historiales que tenía entre manos sin que le delatase más que algún temblor, ligero e incontrolable, dejando una marca profunda en su rúbrica. Se despidió como siempre, “buenas tardes a las tres”, y echó a andar no en dirección a la salida sino a las escaleras. Dobló la esquina del pasillo, caminó unos metros y se aseguró de que nadie pasaba por allí. Entonces se detuvo y pensó en ello, en todo, en su fallo y en la decisión de Catherine, en la medicina utopiana, en tener que verla agonizar sin más, sin nada que hacer, pensó incluso en los milagros que a veces mencionaban en susurros los cristianos. Se sacó un pañuelo doblado del bolsillo y se secó las lágrimas con una esquina, inspirando. También decidió que no tenía sentido darle un puñetazo a la maltratada pared. En su lugar se apoyo en ella con una mano y volvió a pasarse el pañuelo por los ojos antes de guardarlo.

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